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¿Cuáles son las consecuencias de arrinconar a Corea del Norte?

En la creciente guerra de palabras entre Estados Unidos y Corea del Norte, se ve que la maquinaría propagandística de Kim Jong-un ha estado trabajando horas extras.

Después de amenazar con vengarse “mil veces” en respuesta a las sanciones de las Naciones Unidas, impuestas por sus desestabilizadores tumbos hacia el desarrollo de su capacidad nuclear, ¿Cómo puede Pyongyang devolverle la volea al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien dijo que la nación asiática enfrentaría “fuego y furia como nunca antes fueron vistos” si continuaba amenazando a Estados Unidos?

Hostilidad abierta

La terminología que rodea el discurso de Corea del Norte siempre es vista como retrógrada. El fin de la Guerra de Corea en 1953 representó técnicamente un cese de las hostilidades entre ambas partes.

Pero en realidad, desde entonces, ha habido una hostilidad abierta.

Estados Unidos y Corea del Norte estuvieron muy cerca de un conflicto armado en 1994 después de que Pyongyang se negara a permitir que los inspectores internacionales accedieran a sus instalaciones nucleares como requería el Tratado de No Proliferación Nuclear.

Esa crisis fue resuelta diplomáticamente, pero estableció la plataforma para que jugaran al gato y al ratón por dos décadas, en las que Corea del Norte dijo, de la boca para afuera, que se comprometía a su desnuclearización, pero mantuvo sus opciones abiertas para construir un arma y los medios para hacerla funcionar.

Con el tiempo, mientras la comunidad internacional le ofreció a Corea del Norte normalizar las relaciones a cambio de su desnuclearización, Pyongyang quería relaciones normales y armas nucleares.

Sin admitirlo, la política de Estados Unidos se volvió restrictiva, previniendo que Corea del Norte pudiera exportar su conocimiento nuclear al tiempo de que esperaba que su régimen errático implosionara antes de que, de hecho, obtuviera una fuerza disuasiva nuclear.

Póliza de seguridad

En años recientes, dos acontecimientos claves cambiaron el contexto del problema con Corea del Norte. Primero, el derrocamiento de Saddam Hussein por el gobierno de George W. Bush y de Muamar Gadafi por el presidente Barack Obama, pues fueron dos líderes que contemplaron las armas nucleares pero que realmente no las construyeron.

Esas remociones llevaron a Pyongyang a una conclusión simple: una capacidad nuclear real es la última póliza de seguro del régimen.

Y, segundo, la muerte de Kim Jong-ill en 2011. El mayor de los Kim fue lo suficientemente deferente con su principal benefactor, China, que mantuvo una plausible negación de la capacidad nuclear real de Corea del Norte.

Kim Jong-un, su hijo y sucesor, ha abandonado cualquier disimulo y abiertamente está en la carrera de conseguir una fuerza disuasiva nuclear demostrada.

Una prioridad

El gobierno de Trump debe decidir con qué puede vivir y con qué no puede vivir y qué hacer con una situación que rápidamente está empeorando. A su crédito, incluso cuando era candidato, el presidente Trump colocó el tema de Corea del Norte en su lista de prioridades en lo que se refería a preocupaciones de seguridad nacional.

Y le ha hecho llamados consistentes a China, el principal socio comercial de Corea del Norte, para hacer más para frenar a Pyongyang. Por otra parte, Trump ha desestimado el riesgo y la complejidad que rodea el problema de Corea del Norte.

Esto, aunque prometió a inicios de su mandato que lo resolvería de una u otra forma, ignoró la realidad de que no hay buenas opciones políticas disponibles.

En cierto nivel, la amenaza del presidente Trump de “fuego y furia” no tiene nada realmente nuevo. De diferentes maneras, aunque quizás no de manera tan colorida, Estados Unidos siempre ha dicho que si Corea del Norte llegase a atacar, el régimen dejaría de existir.

Dicho eso, la retórica de Trump parecía sugerir que estaba preparado para emprender una acción preventiva si Corea del Norte se acercaba a una fuerza disuasiva nuclear.

Pero cualquier uso de la fuerza inmediatamente pondrá a cientos de miles de ciudadanos surcoreanos y japoneses a riesgo. Es casi seguro que Corea del Norte responderá a cualquier ataque preventivo.

Retórica y estrategia

Lo que es diferente sobre este ciclo es la ausencia de un proceso diplomático que podría servir como un cortafuegos. El secretario de Estado de Estados Unidos, Rex Tillerson, dijo que su país está abierto al diálogo con Corea del Norte, siempre y cuando se trate de conversaciones sobre la finalización de las pruebas de misiles y sobre la renuncia a armas nucleares.

Pyongyang, aunque incluso tenga que confrontar nuevas sanciones, es poco probable que acepte esas condiciones. Mientras que China le dio la bienvenida al gesto de Tillerson, pareciera que al joven líder norcoreano no le importa lo que Pekín piensa. Y la próxima movida será suya.

El peligro es que en algún momento, la acalorada retórica crea una acción-reacción sin una marcha atrás a la vista.

Ellos disparan un mísil. Nosotros los golpeamos con más sanciones. Ellos prometen una venganza. Nosotros declaramos que esas amenazas son intolerables. Ellos disparan otro misil. Y ¿entonces?

En este punto es donde la retórica se encuentra con la estrategia. Pero no está claro si detrás del “fuego y furia” de Trump haya una.

Fuente EP Mundo BBC Mundo
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