John F. Kennedy llevaba encima algo que impidió que se salvara

Si se hiciese un ranking acerca de los principales misterios que encierra la Historia, o a propósito de los más destacados «topics» que han hecho trabajar hasta la extenuación al imaginario colectivo durante el último medio siglo, en dicha lista no podría faltar jamás la muerte del 35º Presidente de los Estados Unidos: John Fitzgerald Kennedy.

El político católico sufría de varios achaques que pudieron estar íntimamente relacionados con su prematura muerte aquel fatídico 22 de noviembre de 1963

El que fuera líder del mundo libre durante casi tres años estaba lejos de la imagen juvenil y saludable que se preocupó siempre de mostrar a la esfera pública, tanto durante su etapa de candidato allá por el año 1960 como en el desempeño de sus funciones ejecutivas entre 1961 y 1963. El político católico sufría de varios achaques que pudieron estar íntimamente relacionados con su prematura muerte aquel fatídico 22 de noviembre de 1963 en la ciudad de Dallas a manos (según la versión oficial) de Lee Harvey Oswald.

 

Debilidades y drogas

A pesar de la imagen impecable del político de ascendencia irlandesa (y dejando a un lado sus devaneos sexuales) no era oro todo lo que relucía. En el año 1947 le fue diagnosticada la enfermedad de Addison la cual, entre otros síntomas, acarrea cansancio y debilidad.

En un momento tan delicado a nivel internacional en el que Estados Unidos tenía enfrente a la antagónica Unión Soviética de Krushev -y siempre con el temor a una confrontación directa que podría haber derivado en la «destrucción mutua asegurada»- la figura de un presidente con una enfermedad crónica como Kennedy hubiese implicado lanzar un mensaje explícito de flaqueza a nivel global. Algo que la ciudadanía estadounidense difícilmente hubiese comprado.

Con respecto a dicha dolencia, y como explica Theodore C. Sorensen en su libro «Kennedy: el hombre, el presidente» el difunto líder demócrata prefería hablar de «una parcial y suave insuficiencia renal» con el claro objetivo de enmascarar, en parte, los achaques propios de su aflicción.

La figura de un presidente con una enfermedad crónica como Kennedy hubiese implicado lanzar un mensaje explícito de flaqueza

Los problemas de salud del presidente asesinado no acaban aquí; también sufría de asma, así como de la vista y del oído. Sin embargo, fueron sus males de espalda los que pudieron llevarle de forma irremediable a su trágico final. La lesión del político pudo deberse a la propia enfermedad de Adisson, a la práctica deportiva durante su etapa universitaria (jugó al fútbol en Harvard) y a su tiempo como voluntario en el Ejército de Estados Unidos a principios de los años 40. Debido a los dolores producto de su aflicción, el joven político se vio obligado a someterse a varias cirugías que bien podrían haberle costado la vida.

El corsé y el segundo disparo

Fue también debido a su delicada espalda que el mediano de la estirpe se encontró en la obligación de llevar corsé para así reforzar la sujeción lumbar y lograr mantenerse rígido. El empleo del mismo supuso, en última instancia, una de las principales razones de la prematura muerte del ocupante del sillón presidencial.

La médico de la casa blanca tuvo que administrarle varias inyecciones de procaínaen su espalda. El especialista Max Jacobson hizo lo propio inyectándole anfetaminas

Cuando en la mañana del 22 de noviembre de 1963 el gentío se aglomeraba a lo largo de la calle Elm situada en la texana localidad de Dallas, nadie imaginaba (a excepción de los ideólogos y perpetradores del magnicidio) lo que estaba a punto de ocurrir. El hombre que apenas un año antes había puesto de rodillas a la URSS y a Krushev durante la Crisis de los Misiles de 1962 -lanzando uno de los órdagos más memorables de la historia de la humanidad- estaba a punto de ser asesinado por el impacto de dos balas.

Según las teorías recogidas por no pocos autores -como es el caso del Doctor John K. Lattimer en su obra «Lincoln and Kennedy: Medical and Ballistic Comparisons of Their Assassinations»- cuando el (teórico) asesino Lee Harvey Oswald alcanzó con el primer disparo al popular presidente en el cuello, lo normal hubiese sido que éste hubiera caído sobre el regazo de su fiel esposa Jackie. Sin embargo, debido al uso del corsé el presidente se mantuvo erecto en su sitio, lo que provocó que se convirtiera en un blanco fácil para el segundo proyectil que le perforó el cráneo y acabó siendo fatal.

Fue así como el líder del mundo libre perdió finalmente la vida gracias, en parte, a los achaques físicos con los que se había visto obligado a lidiar durante toda su vida.

Fuente EP Mundo ABC