Parecía un matrimonio normal pero terminó en un baño de sangre

En el bar de enfrente del edificio donde fue asesinada Arancha Lorenzo, en Azuqueca de Henares, sigue fresco el recuerdo de su boda, hace poco más de un año. Se celebró en la terraza del propio establecimiento y acudieron unas 30 ó 40 personas, dice el dueño: “Él no bebía alcohol, sólo tomaba bitter-kas, mucho bitter-kas… Parecía un cliente normal, de los que sacan al perrito todas las tardes”.

Arancha y Jesús Marín habían formalizado su relación después de varios años, poco después de nacer su único hijo en común, Sergio, de año y medio. Ella tenía otros dos de un matrimonio anterior (Eduardo, de 12; Aitana de 10). Jesús tenía también una hija mayor, de catorce años. Estaban pensando en mudarse a otra casa porque no cabían: una ‘familia normal’ que solía encontrarse con los vecinos al anochecer sacando a su perro yorkshire terrier.

Fuera de la familia, nadie sabe exactamente qué pasó en la mañana del jueves entre las siete y las ocho menos cuarto, cuando llegó el primer aviso al servicio de emergencias. Los primeros rumores aludían a que ella había cogido un cuchillo y él intentó quitárselo, pero difícilmente casa esa hipótesis con las horribles heridas que le causaron la muerte instantánea enfrente de sus hijos mayores.

Los dos hijos mayores de Arancha vieron el crimen y salieron a la escalera a pedir ayuda. Ella trabajaba en una gasolinera y sus compañeros la definen como una chica “que podía con todo”.

La vecina de arriba, Esther, empezó a escuchar ruidos (una discusión) a las siete de la mañana. “Discutían bastante”, afirma, “algunos días empezaban a las seis”. Este jueves negro empezaron a las siete. “Oía mucho follón, hasta que de repente pararon. Y me pareció raro. Salí al rellano, bajé la escalera y cuando llegué a su puerta estaban los niños gritando desesperados: ‘¡Han matado a mi madre!’”

La escena posterior es sencillamente espantosa. La casa estaba llena de sangre cuando llegaron los efectivos del 112 y la Guardia Civil. Jesús Marín se había pegado un enorme tajo en el cuello, con intención de suicidarse. Los niños sufrían un ataque de pánico y se refugiaron en la casa de la vecina mientras llamaban a la abuela, desconsolados.

Cuando el agresor fue apresado, para detenerle y para intentar salvarle la vida, bajó al portal cubierto por una sábana que sólo le dejaba los pies a la vista.

“Estaba todo lleno de sangre”, cuenta Silvia, otra vecina… “Todo… Algo horrible”.

El coche de Jesús está aparcado frente al portal del inmueble, con su silla para el bebé y un frasquito medicinal colgado del espejo retrovisor. “Era bastante serio y calladito, no había dado ningún problema en la comunidad”, reconocen varias vecinas, todavía bajo el ‘shock’ de la tragedia. “Una vez le dejé una nota en el coche para decirle que estaba mal aparcado y reaccionó muy bien, educadamente”, destaca una de ellas. “No parecía un salvaje”.

Lo que sí estaba, al parecer, es obsesionado con el gimnasio. “Iba todos los días”, dice otro vecino. “Era un tío muy mazado, no alto pero muy fuerte de arriba. Mi mujer dice que siempre dijo que tenía cara de loco, que siempre le dio mala espina, pero ahora es fácil decirlo... Yo le veía como un tipo completamente normal, de hola y adiós”.

La presidenta de la comunidad de vecinos de San Miguel, 21 ahora era precisamente Arancha. Todos la definen como una mujer alegre y fuerte. Religiosamente llevaba al niño a la guardería antes de ir a su trabajo en una estación de servicio (con horario de 8 a 2). En la gasolinera, junto al hotel Los Olivos de Castilla, en el mismo Azuqueca, lloraban esta mañana cuando EL ESPAÑOL se acercó a preguntar sobre ella: no se había divulgado la identidad de la fallecida y no tenían ni idea de que la tragedia les tocaba tan de cerca.

Sonia, una compañera, balbuceaba horas después que era “la mujer más fuerte que había conocido… Siempre le decía: ‘Si yo tuviese tres hijos como tú no podría… ¿Cómo lo haces’ Y ella se reía y respondía: ‘Se puede con todo’”.

Una pareja feliz

Arancha había trabajado quince años en la estación de servicio que la misma empresa tiene en otro pueblo del Corredor del Henares, Cabanillas del Campo, a unos veinte kilómetros. De allí era oriunda. Uno de sus excompañeros, todavía con los ojos rojos, repite la misma idea: “No veas cómo trabajaba… Qué venazo le habrá dado al Jesús este. Él venía a veces a recoger el dinero de la caja [el asesino trabajaba de guardia de seguridad en la empresa Loomis, especializada en traslado de caudales] y la verdad es que era muy simpático. Majísimo. Y Arancha hablaba muy bien de él...”

El asesino, con un tajo en el cuello, salió del portal cubierto por una sábana. Los vecinos aseguran que es un tipo “serio, normal” y obseso del gimnasio.

“Estaba enamoradísima”, corrobora el dueño de una tienda donde ella solía comprar, cercana a su domicilio, y que entre pucheros pide no salir en el reportaje. “Parecía tan contenta… No me lo puedo creer aún […] Era una mujer muy fuerte. Al poco de nacer el niño tuvieron que operarle de una cosa en la cabecita y lo llevó todo con mucho empuje. ¿Cómo se puede llegar a algo así?”

Nadie se preocupaba este jueves en Azuqueca de Henares por la suerte de Jesús Marín, ingresado en el Hospital Universitario de Guadalajara con pronóstico grave por heridas autoinfligidas en cuello y tórax. Los tres hijos de Arancha estaban en la mente de toda la comarca, que organizó varias concentraciones para mostrar su repulsa por el asesinato. “El pequeño se ha quedado solo, ¿qué va a ser de él?”, repetía su compañera de gasolinera Sonia. “¿Y los otros? ¿Cómo van a poder olvidar eso el resto de sus días?”

Fuente EP Mundo El Español