A Miraflores ; Por Gabriela Ramírez

La normalidad en nuestro país está atrapada en el rectángulo oscuro de las transmisiones televisadas. Se comunica a través de altos funcionarios que se hacen acompañar de un auditorio deliberadamente popular. Lucen felices. Ríen y bailan frenéticamente como si acaban de recibir la mejor noticia de sus vidas.

El lente del camarógrafo inyecta bríos a la masa, apenas la enfoca. Todos parecen ajenos al deterioro acelerado que atraviesa más del 80% de la población venezolana. Simulan ser los beneficiarios de una lotería selectiva que les permite mantenerse sanos y bien alimentados con menos de 5 dólares al mes en un país que oferta la mayoría de sus alimentos a precios internacionales.

Por su parte, los titulares de los impresos recogen las verdades que decretan los voceros del gobierno. La mayoría de las líneas editoriales compiten en eficacia para fabricar la mejor justificación a cualquier fisura que logre filtrarse de esa normalidad fabricada por la mayoría de los medios privados de comunicación social. Es el país impuesto por lo que Chávez llamó la dictadura mediática -que aunque cambió abruptamente de dueños a los pocos días de su muerte- mutó a la promoción de un país distópico: el mundo feliz a la usanza de Aldous Huxley. Un lugar en el cual la alegría mecánica es una manera de sobrevivir.

Un país plano, sin contrastes en el cual todos están demasiado eufóricos como para discrepar de las voces cantantes. Esa fachada de ficción, lejos de ayudar a sus promotores los expone frente a la opinión pública -en el mejor de los casos- como personas tan afectadas por su permanencia en el poder que los torna insensibles e inhumanos a los problemas sociales y en el peor de los casos transmite la percepción que estamos conducidos por dirigentes tan cínicos y mentirosos que son capaces de decirle en la cara a todas las víctimas de la hiperinflación, la enfermedad y el hambre que son unos amargados por no bailar y reír como lo hacen ellos.

Esa cápsula pequeña, pero capaz de convertirse en la pretendida fachada del país perfecto por la magia de la pantalla, encaró esta semana el emplazamiento de los vecinos sedientos del Presidente. Los habitantes aledaños a Miraflores en un acto bien intencionado de transmitir en forma directa la realidad de lo que viven, tomaron las adyacencias del palacio. Ninguno de ellos pedía elecciones justas o la renuncia del Presidente. Tampoco un cambio de sistema político o económico. Los movilizó la necesidad elemental de agua potable.

La jornada se inició al final de la tarde porque todos los vecinos de la esquina de Bolero, la gente de La Pastora, Altagracia, San José y Catedral tenían los grifos secos. Los primeros en bajar fueron los de Cotiza que se dirigieron a la Av. Urdaneta y de ahí a Bolero. Se juntaron en Llaguno con los de Catedral al grito ¡Queremos agua! ¡Queremos agua! Allí en las puertas de Miraflores, de forma espontánea una escena de protesta sin tarima ni música cobró vida mientras el encargado de la Casa Militar les pedía que no chocaran con los anillos de seguridad del recinto. Simultáneamente en todo el país a escasos días de la ratificación del Presidente en el poder a través de un evento electoral adelantado y sin participación opositora, grupos de personas en distintos puntos intentan visibilizar las enormes carencias que nada tienen que ver con el relato oficial, pero que cada comunidad sufre: Tinaco con el agua, el hospital J.M de los Ríos con una epidemia de H1N1, el Hospital Carlos Nucete de San Carlos por la precariedad en la dotación, los damnificados de la Torre El Chorro de la Hoyada pidiendo la vivienda que se les prometió, en Petare por el desabastecimiento o en el Sambil por el colapso de los servicio públicos. La realidad llegó para tocarle la puerta a la magia del relato oficial y recordarle que lo peor que puede hacer un fabricante de realidades es creerse sus propias invenciones. El deterioro de las condiciones de vida del pueblo venezolano no pueden ser invisibilizadas solo con un guión informativo, por más talentosos que sean sus creativos ni se puede allanar la soberanía del pueblo con una elección que no logre exorcizar el malestar creciente e indetenible de la mayoría del pueblo venezolano.

Fuente EP Mundo Gabriela Ramírez
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