Algo nefasto lo persigue tras sobrevivir a la masacre de Parkland

Pensó que detrás del telón iba a estar seguro, fuera de la atención, lejos de las sombras que merodeaban la periferia de su vista cuando bajaba la guardia.

Las multitudes lo asustan ahora. Ya habían pasado siete semanas desde que miró de frente a un hombre armado y con una máscara negra cubriéndole el rostro, que le apuntaba en medio del peor tiroteo en una escuela en la historia de la Florida. Siete semanas desde que tomó la decisión que le salvó la vida pero le dejó un hueco del tamaño de una pelota de softball en un tobillo. Siete semanas desde que vio los proyectiles dejar orificios en la pared junto a él, mientras pasaba corriendo junto a los cuerpos de sus compañeros de escuela, presa del pánico, tratando de sobrevivir.

Pero en esta reunión anual de adolescentes de Broward, Kyle Laman, de 15 años, dijo que todo estaba bajo control, en su silla de ruedas. Este alumno de primer año de secundaria, rodeado de amigos, estaba allí para escuchar a los políticos y estudiantes discutir un tema que domina las conversaciones en todo Estados Unidos y que es de una importancia vital para Kyle: la seguridad en las escuelas.

Entonces notó algo en la multitud: una figura oscura, una sombra, con una forma muy familiar.

La reacción fue inmediata e involuntaria. Sintió la presión de la sangre en el cuerpo, una ola de calor que lo recorría de arriba a abajo y el pulso lo golpeaba rítmico en los oídos. Tenía los ojos fijos en la sombra. No podía quitarle la mirada de encima.

Era el 14 de febrero otra vez.

Durante los últimos dos meses y medio, los sobrevivientes del asesino confeso Nikolas Cruz en la matanza en la escuela secundaria Marjory Stoneman Douglas en Parkland han comenzado a tener que hacer frente a nuevas y pesadas cargas: el incapacitante remordimiento haber sobrevivido. Los abrumadores recordatorios del día que una cortina de fuego destrozó este suburbio bien del sur de la Florida y los dejó con los muertos, los lesionados y el miedo.

Para Kyle, hay días en que los malos recuerdos no salen a relucir, cuando piensa que está conquistando el dolor. Hay veces que logra terminar la jornada escolar completa y otros en que va a la terapia física, mira películas en el sofá o se mete en la piscina como cualquier otro adolescente.

El día en el Teen Political Forum pareció que podía ser uno de esos días, y un logro. Asistir a un evento con mucho ruido y una multitud apasionada no es fácil. Cruz lo siguió allí también.

En un instante, Kyle estaba otra vez en el pasillo de la escuela. La alarma de incendios sonaba. Un grupo de alumnos avanzaba despacio y de repente salieron corriendo en distintas direcciones, dejando a Cruz a la vista, quien lo miraba mientras levantaba el cañón de su AR-15.

Hay días en que las imágenes abruman a Kyle, cuando está en el aula o en medio de mucha gente, o en casa cuando está solo y por lo general se siente más seguro, o cuando el silencio lo rodea. No importa, Cruz regresa a la fuerza a su vida.

Cruz y el arma que le apunta.

Kyle trató de expresar sus sentimientos. “Uno se siente inseguro automáticamente. El cerebro no funciona, lo bloquea todo… No quiero que nadie pase por lo que yo pasé, sabiendo lo que yo he visto”.

En el auditorio, su amiga y colega de escuela Kellie Wanamaker notó que Kyle estaba mirando a un punto fijo sin pestañar. Vio que trataba de salir del trance con una técnica que ha desarrollado desde el tiroteo, chasquear los dedos y sacudir la cabeza. Y se daba cuenta de que no estaba funcionando.

“¿Qué te pasa?”, le preguntó, sacudiéndole un hombro. “¿Estás bien?”

Eso funcionó. Miró a su alrededor y respiró.

“Sí, estoy bien”, le dijo. “Bueno, más o menos”.

En los meses transcurridos desde el tiroteo, los horribles detalles muchas veces nublan la conciencia pública. La gente se satura. Casi todo el mundo va a recordar ese 14 de febrero del 2018: Un adolescente mató a 17 personas, en su mayoría estudiantes, en una escuela de la Florida. Los que viven en el área recordarán algunos detalles más, pero no muchos.

Pero para los que tuvieron que vivirlos, esos momentos siguen siendo de puro terror. Las clases se han reanudado, pero todavía están pagando el precio emocional. Nadie sabe si los sobrevivientes como Kyle podrán rehacer su vida, o si Cruz se anotará otra víctima.

Ese día soleado en Parkland, seis personas fueron asesinadas en el tercer piso del edificio 1200, y 11 más en el primer piso.

Un total de 17 personas fueron baleadas y sobrevivieron, tres de ellas en el tercer piso.

Kyle fue una de esas personas.

“Uno tenía una idea de que algo como esto podía suceder, pero no esperaba necesariamente”, dijo Kyle.

El enorme hueco que le dejó el proyectil a Kyle en tobillo se debe a la alta velocidad y fuerza expansiva de esa munición, que tiene tres veces la velocidad de un proyectil de pistola.

En los días siguientes, los médicos se dieron cuenta que Kyle tendría que ser sometido a una compleja operación de nueve horas, una de tres que le hicieron durante el tiempo que estuvo en el hospital. Había perdido una arteria y tenía un tendón casi cercenado.

Durante la operación de nueve horas, los cirujanos le sacaron casi medio pie de largo de tejido, músculo y tendón del muslo derecho, que usaron para cubrir el área destrozada por la bala.

La operación dejó a Kyle con un pedazo de piel sobre el pie, que crea una protuberancia en forma de balón de football.

Sus padres califican afectuosamente la protuberancia de “Frankenpie”.

El dolor que siguió a la operación fue mucho peor que la agonía del balazo, dijo Kyle.

Despertó de la anestesia pálido y con mucha inflamación, y vio que tenía en el tobillo unas varillas que la perforaban varios huesos del pie derecho. Un aparato metálico llamado fijador externo le rodeaba el pie, evitando que lo moviera mientras el nuevo tendón sanaba.

Kyle estuvo 16 días en el hospital, 13 de ellos en terapia intensiva. Estuvo más de un mes en cama. No fue hasta más o menos la fecha de regresar a la escuela, el 2 de abril, que le pusieron una pesada bota negra, que le permite caminar distancias cortas con dificultad.

Pero al menos puede quitársela para ir a la piscina. Los médicos esperan que con el tiempo pueda caminar relativamente bien.

Marie Laman, mamá de Kyle, dice que casi nunca tenía problemas con su hijo antes del tiroteo. Era un niño que le gustaba payasear, hablar, le encantaban los videojuegos y no hablaba mucho de la escuela.

Todavía es todas esas cosas, pero se ha vuelto taciturno. El ánimo le cambia con más frecuencia. Algunas veces está enfadado y no sabe por qué.

Es un acto de equilibrio complicado: la gente se compadece de Kyle por lo que le pasó y quieren halagarlo, darle regalos. Pero para sus padres, ¿hasta dónde debe llegar esto? ¿Cuándo es hora de decir que no y volver a fijar límites?

“Hay veces que es difícil. Le digo que tenemos que ir a la terapia física, que deje el videojuego, y me dice que me espere”, dijo la madre. “Y yo le contesto que no, que quién diablos se cree que es”.

La recuperación

La recuperación de Kyle se ha convertido en el centro de la familia, y cosas como la escuela y los exámenes son ahora secundarias. El Departamento de Educación de la Florida ha aliviado las exigencias de los alumnos de noveno, décimo y onceno grados de la secundaria Stoneman Douglas permitiéndoles tomar las pruebas estandarizadas durante el verano o el próximo año escolar para darles más tiempo para prepararse.

Kyle necesita tiempo extra. Regresó a la escuela más tarde que la mayoría de los otros alumnos después de las vacaciones de primavera. Los padres esperan que la disciplina de la escuela lo ayude a recuperar cierta sensación de normalidad. Pero la mayoría de los días se va a casa temprano.

Kyle y sus amigos hablan abiertamente del estrés postraumático, aunque a Kyle no se lo han diagnosticado. Todavía no ha ido su primera cita con el psicólogo de la familia. Sus amigos quieren ayudarlo, dice la madre, pero muchas veces se asombra de la manera realista en que hablan del estrés postraumático y lo que lo provoca. Algunas veces, dijo la madre, ella piensa que hablar del asunto puede ser peor que no hablar de eso.

Los padres de Kyle sienten que están en una encrucijada.

“En este momento, lo sucedido puede arruinarle la vida, o puede darle más fortaleza”, dijo Marie Laman.

Amigos y familiares aplauden a los Laman por mantenerse de buen ánimo durante lo que ha sido un cambio total de la vida que llevaban. Pero a veces la presión se hace evidente.

Quizás lo peor sea la sensación de culpabilidad.

Las familias de los fallecidos han ofrecido ayuda a los Laman durante la recuperación de Kyle.

Las familias directamente afectadas por el tiroteo se han reunido varias veces con Michael Satz, el fiscal estatal de Broward, quien maneja el caso contra Cruz, quien está acusado de 17 cargos de asesinato y 17 cargos de intento de asesinato. Como uno de los primeros en describir al agresor, Kyle probablemente será un testigo clave. Tendrá que contarlo todo otra vez, en detalle, quizás más de una vez. Y todo eso pudiera afectarlo, dice su mamá.

Cuando los fiscales hablaron con ellos por primera vez, Laman dijo que la idea de condenar a Cruz a muerte le resultó difícil de aceptar. Ella casi había perdido a su hijo, así que ¿podía desearle la muerte a otra persona, aunque fuera la que le disparó a su hijo?

Pero cuando comenzó a hacer preguntas a los fiscales, se dio cuenta de que una condena a cadena perpetua Cruz podría ir a la escuela, incluso graduarse de la universidad. Tendría acceso a todas las cosas que le arrebató otros niños de 14 años, dijo Laman.

Fuente EP Mundo El Nuevo Herald
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