Así fue la caída de Mikel Irastorza en la trampa de la Guardia Civil

Es un soleado mediodía de otoño en la hermosa localidad vascofrancesa de San Juan de Luz, a escasos kilómetros de la frontera española. Hay mucha actividad en las calles: son fechas de vacaciones escolares en Francia y el buen tiempo anima a la gente a salir y pararse a tomar algo en las terrazas. Niños y adultos de todas las edades van y vienen por el casco antiguo. Entre ellos, perfectamente camuflados, varias decenas de guardias civiles vigilan al acecho de lo poco que queda de ETA.

Para el observador desprevenido, lo que se ve es el ambiente normal y relajado de un pueblo costero en un día vacacional. Lo que ve quien sabe es algo muy distinto: la trampa en la que va a caer, sin poder evitarlo, el que desde hace poco más de un año gira como máximo responsable de la organización terrorista ETA.

Unas siglas que antaño fueron sinónimo de terror y de un poder casi inapelable sobre la vida de miles de personas, y que a estas alturas de 2016 encubren la nada precaria y clamorosa que pronto va a quedar al descubierto.

El líder de esa nada se llama Mikel Irastorza, y ha hecho toda su carrera en el entramado político de la banda; más en concreto en Ekin, la sucesora de KAS en el comisariado político de la izquierda abertzale. Es un jefe sin ninguna experiencia militar, un general de pega que ha ocupado el puesto vacante para el que ya no se postula uno solo de los gudaris con alguna trayectoria como terroristas. La gran mayoría de ellos, porque están en la cárcel; y alguno que sigue aún suelto, como Josu Ternera, porque prefiere esconderse para eludir la suerte de sus compañeros, en lugar de ocupar una silla cuyo titular no tiene más horizonte que el penitenciario.

Los guardias civiles que participan en la operación lo hacen con la sensación, por lo demás cierta, de estar asistiendo a la escritura de un último capítulo, el epílogo de una mala novela de miedo y asco que alguien decidió empezar a dictar hace más de medio siglo, sin saber muy bien lo que estaba iniciando, y que en décadas posteriores escribanos torpes o astutos, pero cada vez más desalmados, continuaron redactando sin poder alegar ya -o pudiendo cada vez alegar menos- que no tenían conciencia de su vileza y su inutilidad.

En cierto modo, estos guardias civiles se sienten privilegiados por poder asistir a lo que va a ser el último acto de un pertinaz proyecto criminal -repleto de crueldad, infamia y barbarie- y la última bofetada, el último papirotazo con que el Estado de derecho terminará de acreditar su inviabilidad, su derrota y su definitiva inexistencia.

A la vez, están impregnados de esa sensación crepuscular que desata en el espíritu la culminación de cualquier obra, y que se agudiza ante la certidumbre de que lo que queda, lo que van a liquidar, ya no es más que la sombra de la sombra de lo que fue.

Aparece entonces un terrorista buscado, que a esas alturas de una ETA disminuida hasta la irrisión funciona como su aparato de contravigilancia: un activista abertzale de avanzada edad, viejo conocido de los guardias, que pasea con un periódico bajo el brazo afectando un aire casual con la misma solvencia con que lo haría un extra mal pagado en una película de espías de bajo presupuesto. Ni siquiera les haría falta tenerlo fichado para reconocerlo a la legua, pero como además saben quién es, la noticia salta de inmediato a la malla de radio que conecta a todos los miembros del operativo, que se desarrolla en conjunción con agentes de la DGSI francesa.

La imagen del contravigilante se difunde oportunamente, para advertir de su presencia a los que están desplegados por todo el casco urbano. No sólo no va a conseguir contravigilar a nadie, sino que todos sus movimientos van a ser puntualmente monitorizados. Que esté allí les confirma que hoy van a tener suerte; y el recorrido que hace por las calles de San Juan de Luz, mirando aquí y allá sin ver nada, una estupenda manera de anticipar el itinerario que poco después va a seguir aquel a quien les importa de veras detectar.

Cuando el contravigilante abandona renqueando la zona, contento de haberla encontrado despejada, el comandante al frente de la operación, y que la dirige desde el coche de mando en el que viaja junto al responsable de la DGSI, calcula que falta poco para que se deje ver su objetivo.

Y no yerra en su cálculo: Irastorza, cubierto con una visera y portando al hombro una bolsa de mano, llega a San Juan de Luz en un vehículo del que en seguida se toma la matrícula para identificar a sus titulares y a partir de ellos empezar a elaborar, a toda velocidad, una lista de posibles alojamientos en los que puede tener su escondrijo. Desde el mismo momento en que pone el pie en la acera, el jefe de ETA está perfectamente controlado, pero los guardias tratan de anticiparse a sus movimientos y de prever a dónde regresará, para estar ya allí cuando lo haga.

La ingente información que han reunido acerca del entorno abertzale y la colaboración con las autoridades francesas les permite, literalmente, ir siempre por delante de los pasos que puedan dar los militantes de una ETA residual, cuya actividad ha quedado reducida a escribir de vez en cuando una carta que publica la prensa afín y a tratar de encontrar una forma de escenificar como abandono magnánimo de la violencia lo que sólo puede ser ya una capitulación.

En cuestión de segundos, todos los que forman parte de la operación disponen en sus teléfonos móviles de una fotografía de alta calidad en la que se ve con todo detalle a Irastorza, con la indumentaria que lleva hoy, de manera que puedan identificarlo al instante en cuanto se lo crucen. Con esa imagen grabada en la retina se concentran en su tarea de vigilancia, sin abandonar la cobertura que cada uno tiene para pasar inadvertido.

Entre tanto, el que pasará a la historia -o a la historieta- como último jefe de ETA se aplica a realizar maniobras que lo caracterizan como habitante de un pasado remoto: como el perfecto representante de un ente zombi que no ha entendido, aún, que su tiempo de vida y pujanza quedó irremisiblemente atrás. Efectúa cambios de marcha, desplazamientos en contradirección, detenciones súbitas; tales artimañas forman parte de un repertorio de técnicas que tendrían algún sentido para impedir que alguien le siga o detectarlo en caso de que lo hiciera, pero hace mucho ya que los guardias civiles no necesitan ir detrás de un terrorista para controlarlo. Lo acechan siempre por delante, en una población que está llena de ojos listos para verlo venir y para dar cuenta en cada momento de por dónde se mueve.

No tiene mayor interés para este relato detallar lo que hace y por qué -o para qué-, ni tampoco la manera en que quienes le están vigilando se mantienen en todo momento al corriente de sus andanzas; por otra parte, esos procedimientos, una vez que desaparezca del todo esta ETA terminal, seguirán siendo útiles para enfrentar y neutralizar otras amenazas y no deben por ello desvelarse.

El hecho es que Irastorza, después de hacer en San Juan de Luz la gestión que le llevaba allí, se aplica a ejecutar, de nuevo -y de nuevo inútilmente-, una complicada coreografía de retirada, que culmina con su recogida para trasladarlo de vuelta a la casa de la cercana población de Ascain donde tiene su guarida clandestina. Una casa hasta la que lleva así a los guardias civiles, que quizá está controlada desde antes y que lo estará hasta que, días después, la policía francesa irrumpa en la vivienda para detenerlo junto a los miembros del exiguo aparato de apoyo de la organización que le proporcionan refugio.

La operación de captura no se precipita. Igual que le han seguido por San Juan de Luz, sin apresurarse a detenerle, y eso que podrían haberlo hecho desde el principio, los investigadores antiterroristas se toman su tiempo para recabar y completar la información sobre la infraestructura que le ofrece cobertura y poder así, cuando intervengan, desmantelarla por completo.

Lo hacen sin miedo ni impaciencia: una vez conseguido el objetivo de “encerrar” a Irastorza en la casa donde vive, están preparados para no perder su rastro durante el tiempo que sea necesario. Son muchos los años de entrenamiento, vigilando y acechando durante semanas a elementos mucho más peligrosos y avezados –como los exjefes militares de la banda Txeroki y Ata, ambos ya en prisión-, con alardes tan espectaculares como seguir a algún etarra desde el sur de Francia hasta Copenhague, cambiando varias veces de transporte y sin que el interesado se percatara en ningún momento de la presencia de los guardias civiles.

El 5 de noviembre de 2016, la policía francesa entra en la casa de Ascain y pone fin al frágil espejismo de quien sólo desde el fanatismo de su militancia pudo llegar a dar el paso al frente para regentar y ser la cara visible de un cadáver. Cuando se le registra, se comprueba que no está en posesión de ningún arma ni dispone de documentación falsa, como era habitual entre los que formaban parte de ETA cuando aún era y podía algo.

De los calabozos policiales pasará a una prisión francesa, de la que saldrá en libertad condicional y vigilada en agosto de 2017, a la espera de juicio. La organización es tan poca cosa que los jueces franceses ni siquiera aprecian la necesidad de mantener a su máximo dirigente entre rejas en tanto se le dicta sentencia.

El trono del imperio de podredumbre de ETA, que recuerda al del Empire of dirr de Hurt, aquella canción de Nine Inch Nails que Johnny Cash hiciera inmortal, ya no se atreverá a ocuparlo nadie más. Durante el año y medio que transcurrirá antes de la esperpéntica escenificación de una disolución gratuita –porque mal puede disolverse aquello que ya ha sido desbaratado por completo- la antaño temible organización criminal se mantendrá como un ente acéfalo, amorfo y descompuesto, que a efectos de proyectar al aire su última salva de trompetería recurrirá a la voz de ultratumba de ese Josu Ternera que prefirió esconderse para no responder de sus crímenes.

Una voz que, eso sí, hará sus mejores esfuerzos, desde su ostensible indigencia lectora, para dar lustre moral e intelectual a la despedida de quienes nunca debieron existir, y ya no existen, pero después de haber arrebatado la vida, la integridad y la libertad a tantos ciudadanos más dignos que ellos, sin motivo ni provecho, aún se permiten exégesis históricas, lecciones éticas, proclamas democráticas y, para que nada falte al disparate, profesión de feminismo. Ese que no practicaron con todas las ancianas, mujeres y niñas a las que, a lo largo de cinco décadas de espanto, mutilaron física o espiritualmente o, sin más, despacharon a la tumba, sin haber tenido siquiera la postrera decencia de pedirles perdón.

Johnny Cash, que sí sabía lo que es la decencia, les indica en esa canción inolvidable el único camino: «I wear a crown of thorns / upon my liar’s chair, / full of broken thoughts / I cannot repair». O lo que es lo mismo: «Llevo una corona de espinas / en mi silla de mentiroso, / lleno de pensamientos rotos /que no puedo reparar». Es eso, lo irreparable, lo que queda de una aventura que felizmente fue al fin humo, polvo, sombra, nada.

Fuente EP Mundo El Mundo
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