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Dic

Como siempre, Navidad ; por Luis Alberto Buttó

Actualizado: 23/12/2018 11:03

En el Nuevo Testamento, concretamente en la primera epístola de San Juan, encontramos un recordatorio que todos deberíamos hacernos de vez en cuando, en función de dar respuesta a sí, con propiedad, en algún momento de nuestra finita existencia, llegamos a comprender la esencia humana con que nacimos, la cual estamos obligados a honrar. Escribió el apóstol: …«el que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios a quien no ha visto»… Esta advertencia, imperecedera como quizás ninguna otra, debería servirnos de guía en cada paso que damos. Obviamente, ella viene como anillo al dedo en las horas que se avecinan, dado el caso que quienes se proclaman creyentes cristianos celebran la navidad.

En función de lo anterior, sería maravilloso, por ejemplo, apartarnos un tantito mañana de la vomitiva cursilería que inunda teléfonos y redes sociales y, para no ser tan hipócritas y banales, mirar a nuestro alrededor. Algo así como hacer un pequeñito esfuerzo por extender el supuesto espíritu de convivencia, paz y armonía que nos embarga, e irradiarlo más allá de la natural, y por eso cómoda y fácil, cercanía de sangre y convivencia que nos atrapa. ¿La razón para hacer tal cosa? Por no dejar, recordar que cerca de nosotros alguien espera una mano solidaria. Un alguien que debe ser llamado hermano, trascendiendo lo estrictamente carnal. Hacerlo así no es difícil, aunque puede resultar costoso. En la vida, irremediablemente, siempre hay que precios que pagar. Cada una de nuestras acciones tiene un costo. La disyuntiva estriba en si los asumimos con valentía o fingimos demencia para evadir responsabilidades.

Bajo el mismo cielo que en estos días nos maravilla, fuera de nuestra zona de confort, hay venezolanos tras las rejas, escarnecida su dignidad a más no poder. Para el poder despótico cometieron una herejía imperdonable: creyeron, como aquél cuyo nacimiento mañana se recuerda, que la verdad es el único camino a la libertad. El punto es que cuando esto gritaron no lo hicieron sólo por ellos mismos: lo hicieron también por cada uno de nosotros.

Quien cree en la libertad y lucha por ella jamás conjuga los verbos en singular. Sería bueno, entonces, devolverles el gesto. Siempre hay algo esperanzador que pueda hacerse por ellos, comenzando por no permitir que el olvido sea su destino. Claro está, ese algo por hacer no se refiere a sumergirse en el agujero negro lavador de conciencias que consiste en el pueril acto de darle me gusta a un tuit. Ciertos versos de Antonio Machado alertaron que las burbujas son para reventarlas.

Por si acaso, la acción anterior no es la única sobre el tablero para demostrar con propiedad que no somos vulgares farsantes cuando nos apresuramos a desear feliz navidad a quienes se encuentran en todas nuestras listas de contactos. Belén no queda en la galaxia Facebook y la foto en Instagram se sabe que es trucada. Santa Teresita de Jesús puede ayudarnos en ese sentido: la opción más digna es aquella que conduce al bienestar de los más pobres. ¡Venga, que aquí el costo también es grande! Por más que nos justifiquemos, el asunto no se resuelve con la hogaza de pan circunstancialmente regalada.

El compromiso suscrito por la hermandad es otro y es de verdad: poner todo el empeño en construir una sociedad donde las carencias no subsanadas dejen de ser la norma y pasen a ser un mal recuerdo. Para eso hay que desafiar al poder y sudarse lo que haya que sudarse. Lo demás es pura paja. Si queremos simbología que aleccione en esa dirección, sólo basta recordar que quien llamamos Jesús nació prácticamente a la intemperie. No requirió habitación VIP para partir en dos la historia de la humanidad.

Mi mejor abrazo para ustedes. Que cierta estrella no se apague en nuestros corazones.