Conozca los desafíos de un pueblo con una tradición centenaria de adopción

En una tradición milenaria, los habitantes el centro de la pequeña ciudad belga de Geel, cerca de Antwerp, donde en el siglo XIII comenzó la tradición de los peregrinos que de toda Europa llegaban en busca de una cura milagrosa, en la iglesia de Santa Dimpna, la patrona de quienes sufren enfermedades mentales y emocionales.

Y cuando ya no había más lugar para alojarlos en las instalaciones del templo, los vecinos les abrían las puertas de sus casas.

Desde entonces, la gente de Geel ha perfeccionado esa práctica hasta llegar a la adopción de los enfermos mentales, que hasta hoy distintas familias acogen y acompañan. La cifra de huéspedes —nadie allí los llama locos, ni depresivos, ni psicóticos— oscila entre 200 y 250.

The Guardian contó la historia de uno de ellos, Jefkae Harbant, quien cumplió 94 años y desde los 18 se ha integrado a la familia de Maria Lenaerts. Ella tenía siete años cuando llegó a la granja de su familia, de regreso de la escuela, en 1942, con Bélgica ocupada por los nazis. Ahí estaba el joven que resultó sufrir atraso cognitivo.

Desde 1982, cuando su padre murió, Lenaerts se convirtió en la madre adoptiva de Harbant, aunque es menor que él. Su marido, Jules Teunkens, de 86 años, ha vivido con Harbant desde que se casó con ella, en 1957. Él trabajaba en una fábrica de vidrio, ella criaba a los tres hijos del matrimonio y el huésped —que la mujer considera un hermano— ordeñaba las vacas y cuidaba la huerta.

NPR citó el caso del matrimonio de anfitriones de Toni Smit y Arthur Shouten, que a lo largo de los años han acogido a seis personas. “Si fuera por Luc —Ennekans, un hombre de 51 años— estaría todo el día abrazándome y besándome”, dijo Smit. Eso hace difíciles las manifestaciones de afecto entre la pareja, pues Ennekans se altera.

En el pasado han tenido otros desafíos, ya que cada caso es único. Un huésped con trastorno obsesivo compulsivo los sacaba intempestivamente del baño para lavarse las manos furiosamente; otro se desesperaba porque no podía dormir ya que creía que de las paredes de la casa salían leones. “Como muchos anfitriones en Geel, aceptan que simplemente sus huéspedes son así”, describió la radio. “No es anormal ni algo que haya que cambiar. ‘Es la vida común’, dijo Shouten”.

Actualmente, señaló el periódico británico, existe una conciencia más amplia de los estragos devastadores del sufrimiento mental y emocional. “Una de cada cuatro personas sufrirá problemas mentales en su vida, según una reconocida estimación de la Organización Mundial de la Salud (OMS), y la mayoría de ellos dice que su dolor se profundiza por el estigma”. Eso es lo que hace del sistema de cuidado en las casas de Geel algo único.

“El modelo de aceptación y ‘amabilidad extrema’ —para citar una publicación médica— ha despertado interés en el mundo”, agregó The Guardian. “Académicos y periodistas han inundado esta pequeña ciudad flamenca en busca de inspiración de una innovación que ya tiene 700 años”.

En 1862, señaló NPR, un médico francés de apellido Louiseau escribió sobre “el extraordinario fenómeno que se presenta en Geel, donde 400 personas dementes circulan libremente entre una población que las tolera sin temor y sin emoción”. Y casi un siglo más tarde, el psiquiatra estadounidense Charles Aring escribió en la publicación académica JAMA que “el aspecto destacable de la experiencia de Geel, para los neófitos, es la actitud de la ciudadanía”.

La tradición del pueblo se incorporó a las prácticas del municipio en el siglo XIX, y terminó por crear un Centro de Cuidado Psiquiátrico (OPZ) que coordina las adopciones.

Aunque no se informa a las familias adoptantes sobre el diagnóstico, para que no funcione como una etiqueta, se les advierte qué clase de conducta pueden esperar. Así evalúan si están en condiciones de abrir las puertas de su hogar a un huésped. Un estudio de 17 casos a lo largo de cinco años, realizado por Eugeen Roosens y Lieve Van de Walle (autores del libro Geel Revisited after Centuries of Rehabilitation, que prologó Oliver Sacks) mostró que sólo dos de las familias salieron del programa durante el periodo.

Los médicos del sistema creen que funciona. Los huéspedes obtienen mejores resultados que los pacientes hospitalizados: toman menos medicación y sufren menos episodios agudos, dijo Celen a The Guardian. “El programa apunta a la vida. No es una cura milagrosa ni un sistema mágico, sino la posibilidad de vivir una vida tan normal como sea posible, encontrándole a cada persona el lugar adecuado para vivir en el momento oportuno”, agregó Wilfried Bogaerts, psicólogo de OPZ.

Dado que muchas veces se trata de problemas crónicos, se busca un modelo que funcione en el largo plazo, de manera realista, en la integración de las personas a la comunidad, en lugar de aislarlas en instituciones.

A lo largo de siete siglos se han presentado toda clase de inconvenientes que la ciudadanía de Geel fue resolviendo.

En general se trata de aceptar las limitaciones, del mismo modo que se hace con personas con buena salud mental y emocional, para darles responsabilidades, como pasear al perro, hacer las compras o lavar los platos. “Los pacientes se sienten útiles y queridos”, explicó Bogaerts al periódico británico.

Los anfitriones reciben un pago del gobierno belga de hasta € 600 (USD 705) por cuidar de los huéspedes, además de capacitación de profesionales de la salud mental.

Pueden solicitar la hospitalización de la persona a la que acogen si resulta necesario.

“Pero esta costumbre centenaria está en retracción”, advirtió NPR. “El número de huéspedes ha caído a aproximadamente 250 hoy, menos del 7% del pico antes de la Segunda Guerra Mundial”. Por entonces, en la década de 1930, había unos 4.000 huéspedes en los hogares del pueblo belga: la cuarta parte de la población. “El Congreso Internacional de Psiquiatría había declarado a Geel un ejemplo de práctica óptima a ser imitada”.

Según el libro de Roosens y Van De Walle, “se ha terminado la época de las grandes familias rurales, que podían aprovechar una ayuda extra”. The Guardian agregó otros motivos: más mujeres trabajan, mejores medicaciones permiten a muchas personas manejar de otro modo sus problemas de salud mental y emocional. Y, sobre todo, los jóvenes no se sienten atraídos por el programa.

Fuente EP Mundo Infobae
Cargando...
Cargando...