¡De terror! Así fue como el vecino asesino emboscó a Laia

Laia Alsina, de 13 años, iba confiada a su encuentro con su padre. Pero no sabía que su vecino la estaba cazando. Su final fue trágico.

Unos 20 peldaños la separan de papá. Laia Alsina, 13 años, va confiada a su encuentro. Los dos siguen la misma rutina casi cada tarde: al aproximarse en su vehículo a la casa de los abuelos, el hombre avisa por teléfono de su inminente llegada al bloque de tres plantas del centro de Vilanova i la Geltrú, en la periferia de Barcelona. Acude a recogerla para ir juntos a casa. Lo que ni Laia, ni su progenitor, ni sus yayos pueden imaginar es que a mitad de camino, en el umbral de esos 20 escalones, va a cruzarse en su camino un depravado. Nadie en la familia Alsina puede saber que un monstruo habita el piso de abajo.

La tarde del lunes, día 4 de junio, va camino de ser una más para Laia, una niña catalana nacida en China, donde fue adoptada por sus padres cuando era un bebé.La menor, con tendencia a despistarse, sigue sus costumbres paso a paso: sus abuelos la recogen a la salida de clase (17 horas), caminan los tres juntos hasta casa, meriendan (17.30) y pasan el rato en familia hasta que la llamada del padre (18:50) la lleva a despedirse bajo el marco de la puerta, abandonar la vivienda y bajar por las escaleras hasta la calle para reunirse con él. Pero la menor nunca llega a salir del inmueble. No le da tiempo.

Su padre, empleado en la sede corporativa de un gran banco, aparca el coche frente al domicilio, ubicado en el 2º-1ª del número 26 de la avenida Cubelles. Espera unos minutos a que su hija salga del bloque. La niña no aparece. Extrañado, pregunta por ella a los abuelos, que confirman que ha salido de la vivienda. No es el único que espera a Laia.

Juan Francisco López Ortiz, el hijo de 42 años del matrimonio de jubilados que lleva toda la vida residiendo en el 1º-1ª, está al acecho. El individuo, un cocinero en paro de vida caótica al que se conoce como Francisco, la aguarda. Sigue desde hace días sus pasos, sospecha la Policía.

El tipo la obliga a entrar en su piso. La vivienda, de unos 130 metros cuadrados y varias habitaciones, está vacía. Francisco está solo y muy colocado. Su madre, una anciana con graves problemas de salud, se debate en ese mismo momento entre la vida y la muerte en un hospital situado a unos pocos kilómetros. Allí acude, día sí y día también, su padre, Antonio, que acompaña a su esposa en tan delicado momento. Francisco aprovecha la soledad de la vivienda familiar para cometer un crimen contra una menor indefensa.

No acude a la cita con papá

Un ligero grado de autismo infantil no impide a Laia llevar una vida normal. Estudia 6º de Primaria en la Escola Pia y se prepara para ir de viaje de fin de curso el 6 de junio, dos días después. Hija de padres separados, se relaciona con naturalidad con el mundo a través de sus amigos y sus familiares. Ese diagnóstico la lleva a instaurar en su día a día una serie de rutinas que raramente se alteran. Ésa es la razón por la que a su padre le sorprende tanto no encontrarla el lunes en el habitual lugar de reunión. La misma por la que cree, equivocadamente, que la niña puede haberse desorientado en las calles aledañas. La búsqueda espontánea de Laia por el centro de Vilanova i la Geltrú resultará infructuosa. Y también la de las redes sociales.

Un minuto separa la puerta de los abuelos de Laia del portal ante el que la espera su padre. Entre los dos refugios seguros, las tinieblas. En el trayecto de la vilanovina de rasgos orientales se cruza un desconocido que la fuerza a entrar en el averno. “Probablemente, sin mediar palabra”, explican fuentes cercanas a un caso que ha sumido a la localidad costera en la conmoción. Con un móvil sexual, la retiene en un viejo piso decorado con trofeos hípicos en el que las persianas están bajadas. De la luz a la oscuridad en cuestión de segundos.

El individuo está desde hace unos meses de vuelta en el piso de sus padres. Regresa de China debido al cáncer terminal que sufre su madre. Sin más oficio y beneficio que ir a pillar bolsas de cocaína que en ocasiones deja a deber a camellos de barriadas marginales de Vilanova i la Geltrú y Les Roquetes, Francisco se instala en el domicilio familiar. Temporalmente. Su padre, el respetado contratista jubilado Antonio López, le marca un plazo. Cuando la madre fallezca, debe abandonar la casa. “Por ser un vago y un drogadicto, su padre lo quería ya fuera de allí”, explican los vecinos.

Francisco está obsesionado con China. Separado de una mujer con la que tuvo una hija (de 17 años), el sujeto cree que su lugar en el mundo está en el país más poblado del planeta. Cuenta que va a montar un restaurante en la capital del gigante asiático. “Nos enseñó un día unos planos del restaurante que decía que iba a abrir. Uno ya no sabe qué hay de verdad y qué hay de fantasía pero que estuvo en China sí es cierto”, recuerdan dos hombres acodados en la barra de un bar.

Tras bajar una decena de peldaños, la pequeña Laia se ve obligada a defenderse de un tipo corpulento. Un sujeto de 42 años fuera de sí tras haber consumido alcohol y cocaína en cantidades elevadas. No lo logra. El monstruo de Vilanova le tapa la boca para que no grite. La menor se resiste a la agresión sexual. En una lucha desigual, el criminal acaba estrangulándola y apuñalándola con fruición con cuchillos de cocina como los que usó en su fracasada carrera hostelera. Oculta su cadáver bajo un colchón tirado en el suelo de una habitación. Trata de fregar, sin habilidad, las abundantes manchas de sangre del suelo del salón. Y se mete en la ducha.

Francisco pasa muchas horas solo en la vivienda. Desde su vuelta de China, su escasa actividad se reparte entre los bares y barrios en los que compra farlopa; entre los establecimientos en los que bebe cervezas (siempre solo) y en el piso de sus padres. A unos pocos kilómetros de distancia, en el hospital de Sant Camil -situado en Sant Pere de Ribes-, Antonio está solo junto a su esposa. El hijo ha decidido no acompañarle. La mujer agoniza.

Tres horas

Francisco pasa las horas previas tomando carajillos en El Surtidor, la hamburguesería situada enfrente de la vivienda familiar. “Se tomó cinco antes del crimen”, explican unos testigos. “Parecía que había tomado cocaína”. El establecimiento, amplio y con grandes ventanales, ofrece una visión perfecta del portal. La Policía cree que el sujeto ha tenido opción de observar los movimientos de la víctima.

Aprovecha la ausencia de sus padres para cometer el asesinato en una vivienda a su disposición durante la mayor parte del día. Sólo pasan tres horas entre la desaparición de la menor y su localización en el piso del homicida. Son sus tíos, uno materno y el otro paterno, quienes encuentran el cuerpo de Laia bajo un viejo colchón en una habitación repleta de sangre. A la niña le faltan algunas piezas de ropa. Uno de los dos tíos de la menor, el más corpulento, agrede al criminal. Los gritos de horror se oyen desde la calle, donde una multitud aguarda el desenlace de la desaparición. Un vecino llama a la Policía Local. Los agentes llegan rápidamente. Evitan el linchamiento de Francisco. Se lo llevan detenido como único sospechoso de la retención, agresión sexual y homicidio o asesinato de Laia Alsina.

Media hora antes, los agentes y los parientes tocan el timbre de todas las puertas del bloque. Creen que la menor no puede haber salido del inmueble. Todas las puertas se abren inmediatamente. Salvo una. La de Francisco. Aparece finalmente semidesnudo. Da respuestas inconexas. “Estaba en la ducha”, asegura, cubierto sólo con una toalla. Esa falta de coherencia hace recapacitar a los tíos de Laia. Hay algo instintivo que les dice que la niña está en el 1º-1ª. Pasados 20 minutos, los familiares regresan a esa puerta. Vuelve a abrirla. Vuelve a mostrarse nervioso e incoherente. Se masca la tragedia. Los tíos de Laia entran a la fuerza en el piso. “Yo no he sido, yo no he sido”, grita el sujeto antes de que la familia descubra el cadáver.

Los investigadores creen que se afanó en borrar las huellas del crimen. Sólo él sabe por qué lo cometió. También es el único que sabe por qué les abrió la puerta a los familiares si aún no se había deshecho del cuerpo sin vida de la niña.

Esquivo, agresivo, moroso…

Francisco López no es alguien conocido en Vilanova i la Geltrú. Quienes lo han tratado lo describen como esquivo, frágil, ansioso, introvertido, alcohólico, adicto a la cocaína, agresivo y moroso. Es uno de los hijos de un conocido contratista local, un hombre hecho a sí mismo, ya jubilado y respetado en una comunidad local en la que participaba activamente como integrante de la fiesta de Els Tres Tombs. “Dudamos que Antonio quiera o pueda volver a su piso”, aseguran sus vecinos.

Con pocas horas de diferencia, el jubilado se enfrenta al asesinato cometido por su hijo y a la muerte de su esposa. Los abuelos de Laia y los padres de su homicida son, además de vecinos, algo parecido a amigos. Pero -las circunstancias obligan- han evitado coincidir en el tanatorio: cada familia ha acudido a uno diferente.

La comunidad local deja muy claro que nadie va a juzgar al padre por los delitos de su hijo: “Es una gran persona, aficionado a los caballos, que no merece nada de lo que le ha pasado en tan corto espacio de tiempo”, indican desde su entorno. Su hermano, con el que solía trabajar en Construcciones Core, murió hace años tras caer de un andamio. La relación de padre e hijo es insostenible desde hace tiempo.

El recorrido por el día a día del homicida lleva hasta el histórico bar La Ruta, más de 40 años de actividad hostelera en la misma avenida donde cometió el crimen. “Nos debe dos menús desde hace años, desde antes de su viaje a China. Desde entonces, no ha vuelto a entrar. Pasaba cabizbajo por delante. Se le reclamaron los dos menús a su padre, que respondió que no quería saber nada más de él”, cuentan desde detrás de la barra.

Fuente EP Mundo El Mundo
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