El candidato que no sonríe ; Por Milagros Socorro

Henri Falcón no sonríe. Una característica insólita para un político en campaña. Esto podría explicarse por una cuestión de personalidad. Porque no tiene el hábito de establecer esta forma de contacto personal y punto. No aprendió a hacerlo de niño; le parece una majadería innecesaria… En cualquier caso, no es común. La sonrisa tiene el poder de granjear simpatías inmediatas. Pero Henri Falcón no apela a ella. Tampoco tiene, por cierto, sentido del humor. Un rasgo curioso, no precisamente a su favor.

Henri Falcón no sonríe porque no le interesa ser simpático. Sabe que haga lo que haga no va a ganar esta elección. Tiene perfecta consciencia de que acude a ella con unas condiciones que rebasan la simple y tradicional trampa chavista. En esta ocasión, las elecciones tienen el ventajismo y las irregularidades de siempre y otras más, que las blindan para el régimen.

El régimen devastó el liderazgo con prisiones, persecuciones, torturas e inhabilitaciones, y Falcón, muy lejos de mostrarse solidario o contribuir a reforzar la unión, hizo exactamente lo contrario. Cuando quedó claro que en la Unidad se había producido un vacío, corrió a llenarlo.

Ni Falcón ni nadie distinto a Maduro “ganará” estas elecciones, aún con los votos suficientes –o multiplicados, si fuera el caso–, porque no tiene la estructura para cuidar el voto y hacerlo valer. En mayo el voto venezolano no elige.

En qué anda Falcón, entonces. Imita a Chávez al hablar (la voz es un calco pueril). Su gestión en Lara fue casi tan ineficiente como la del promedio bolivariano (aunque la propaganda haya creado otra percepción), pero no se sumó al esfuerzo de destrucción del chavismo. Entonces, parece chavista porque es militar, tosco, no evidencia tener lecturas ni profundidad de ideas, es adicto a la reelección, es incapaz de admitir su parte de responsabilidad en la hecatombe y anda muy mal rodeado, pero no insulta, no amenaza y no es agente de la destrucción. Por tanto, no es chavista completo. Es hábil, disciplinado, madrugador y puntual, persistente, ambicioso y desleal. Y tiene un plan que ha seguido con orden milimétrico.

Es candidato a la Presidencia, no para ganarlas en los comicios a los que se ha abonado, sino para estar en el lugar correcto para el momento en que los astros se ajusten hasta quedar alineados en una constelación ventajosa para él. Tiene años en eso, lo cual explica las muchas movidas que en dos décadas lo han llevado por diferentes organizaciones políticas (todas las cuales ha querido controlar para ponerlas a su servicio) y a la vera de distintas personalidades a todas las cuales ha dejado en la estacada para proseguir en su ascenso. Son muchos los ejemplos de los bandazos que ha dado. Sus adhesiones son breves y cesan en cuanto atisba que un volantazo le reportará réditos.

Fue así como llegó a la actual circunstancia. La Unidad Democrática estaba en desbandada —por los conflictos internos, pero también y, sobre todo, porque el régimen devastó el liderazgo con prisiones, persecuciones, torturas e inhabilitaciones—, y Falcón, muy lejos de mostrarse solidario o contribuir a reforzar la unión, hizo exactamente lo contrario. Cuando quedó claro que en la Unidad se había producido un vacío, corrió a llenarlo. Se erigió en líder opositor al presentarse como candidato presidencial, pero aún cuando admite que nunca en las últimas dos décadas el Gobierno había estado en un nivel más bajo, no lo confronta abiertamente ni hace el inventario del desastre chavista. Y, sin embargo, Falcón resulta parcialmente creíble. Eso se debe a que, aunque oculta mucho, es sincero en una cuestión crucial: quiere el poder. A toda costa. Aspira conquistarlo y retenerlo, para lo cual negociará hasta con el diablo. Lo que jamás ha ocultado. En eso es sincero. Es como una luna en eclipse: muestra solo la cara iluminada, esa con la que brega por el poder, mientras mantiene a la sombra la variedad de pactos que puede hacer y la facilidad con que está dispuesto a incumplirlos.

Falcón no confía en que un puñetazo suyo derribará a Maduro. Espera que una implosión dentro del oficialismo le hará la tarea; y entonces él estará allí como esa figura aceptada por el chavismo harto de la catástrofe en que han sumido al país, y también por la oposición. Será esa figura de consenso (o de menor rechazo por los dos bandos) en cuyas manos puede caer la Presidencia como un mango maduro. Por eso no le echa en cara a Maduro sus crímenes, los niños muertos, los millares fugitivos por las fronteras, los hospitales arrasados, los presos políticos… No quiere ser incómodo para los chavistas que asestarán el golpe interno y que a cambio querrán impunidad, entre otras cosas.

Cuando perdió en Lara –al postularse para un tercer mandato regional consecutivo– se apresuró a reconocer el triunfo de la candidata de Maduro. Todo indica que la noche del 20 de mayo hará lo mismo. Su propósito empieza a correr el 21 en la mañana, cuando amanecerá convertido en el político opositor tolerado por el régimen, mientras los otros corren al exilio, son arrastrados a las cárceles o aceptan el silencio. Cuando todos hayan salido de escena, él estará ahí. Será un sobreviviente. Maduro tratará de mostrarlo al mundo como el opositor necesario, insinuará que no son solo aliados tácticos sino también estratégicos. Lo aludirá en sus cadenas. Hará chistes a su costa. Pero Falcón, el ingrato con todos, también lo será con Maduro. Sobre todo, con Maduro, en cuyo reemplazo viene trabajando con impecable sentido del tiempo y la oportunidad. Con su cara de palo.

Fuente EP Mundo Milagros Socorro
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