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chicle pecado
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Ene

El pecado original de la esposa de El Chicle y su familia

Actualizado: 07/01/2018 11:10

Mes de julio pasado. Sol de justicia en el municipio pontevedrés de Catoira. Tierra de vikingos. De verdes paisajes bañados por la ría de Arousa. De serpenteantes carreteras con cruceros de granito para espantar a las blancas túnicas de la Santa Compaña. Son las fiestas de San Antón y la alameda está a rebosar. Es la hora del vermú y suenan las trompetas y clarinetes de la banda de música del pueblo. Centenares de personas observan el concierto en la calle. Los más privilegiados disfrutan de la música desde las sillas de metal de la terraza de una cafetería repleta de fotografías de Messi. En la mesa hay un joven de camisa a cuadros, dos niñas, dos mujeres gemelas y un hombre de paletas prominentes que bebe un Aquarius de limón. Éste inmortaliza la escena con un selfie coral. Es la estampa de una familia aparentemente feliz. Idílica. De repente, se acerca una camarera brasileña de cabellos dorados que les lleva la dolorosa. El del selfie comienza a dispararle preguntas indiscretas. Como si quisiera ficharla para subirla alguna noche de tenebrosa niebla a su Alfa Romeo gris.

Fue la hermana gemela de su mujer, a la que secuestró y violó a punta de puñal cuando ella era aún menor de edad

«¿De dónde eres?, ¿tienes novio?, ¿vives sola?, ¿y tu familia?, ¿a qué hora sales de trabajar? Me sorprendió que me preguntase todo eso delante de su esposa y que ésta no le dijera nada», comenta a Crónica la empleada del establecimiento. Vive con un «escalofrío» desde que supo una semana atrás que ese hombre parlanchín ya había matado en ese momento a Diana Quer y tenía su cuerpo escondido en un pozo de nueve metros de profundidad en un almacén de muebles en venta. Le entraron ganas de vomitar. Más aún cuando leyó que este «animal» con dientes de conejo también había violado a su cuñada menor de edad en un descampado. A esa hermana gemela de su esposa con la que había compartido un tentempié y un refresco aquel día de San Antón en presencia de su novio y de su mujer.

Aquel crimen en familia fue el pecado original del Chicle que destrozó la vida a V.y le obligó a huir de su pueblo. Rompiendo relaciones con una hermana que prefirió creer en la palabra de su marido: un depredador sexual que tenía dominada a su pareja desde que ella tenía 15 años y había convertido la zona del Barbanza en su coto de caza. A sus espaldas. Incluso cuando se sabía en la diana de la UCO.

La Justicia desestimó la denuncia de la joven por falta de pruebas

Año 2003. José Enrique Abuín tiene 26 años y en su infancia le bautizaron como el Chicle por su atropellada dicción. Es mariscador furtivo, runner e hijo de un marinero con lancha propia y de una empleada de una fábrica de conservas. También es el sobrino fanfarrón que ayuda a transportar la droga a su tío Rafael, líder del clan que controla con mano de hierro la distribución de cocaína y hachís en la comarca del Barbanza. Él se vanagloriaba de ello exagerando los kilos de coca que movía. Se ganó la etiqueta de narco. Una condición que en aquella época todavía garantizaba cierto caché. Cierto respeto en una zona donde Sito Miñanco, para algunos, es considerado aún una leyenda.

Ese lado oscuro atraía a algunas de las chicas más bellas de la zona. Pero no fue el lado oscuro de este joven de Asados (Rianxo) lo que atrapó a Rosario. Fue más bien la protección y el cariño circunstancial que le ofreció el Chicle cuando la paz no reinaba en su hogar familiar.

Rosario era hija de un hombre que había emigrado a Suiza a buscarse la vida en el sector de la construcción como tantos otros gallegos en los años de la posguerra. Su padre había regresado a Catoira tras sufrir un accidente laboral en tierras helvéticas que le permitió beneficiarse de una pensión por invalidez con la que pudo sacar adelante a su familia. A su manera. Su madre, de la aldea pontevedresa de San Miguel de Barcala, era ama de casa. A diferencia del Chicle, Rosario era un chica reservada. Sin apenas amigos. Confiaba a ciegas en José Enrique y nunca fiscalizaba sus movimientos. El Chicle, en cambio, era celoso compulsivo y la controló desde el primer momento.

Aquel crimen en familia fue el pecado original del Chicle que destrozó la vida a V.y le obligó a huir de su pueblo.

Le había prometido a Rosario una vida de plena felicidad, alejada de su difícil ambiente doméstico. De su fuente de inestabilidad. Y con un nivel de vida que le permitían sus chanchullos con las drogas. Ella era una niña de 15 años. Y él su primer y único hombre. Se conocieron en Pontecesures (Pontevedra) al ritmo de una animada orquesta. Un año más tarde se casarían en Catoira. Ella con 16, él con 27.

«Él fue su vía de escape para salir de un hogar donde no se sentía cómoda y por eso se casó tan rápido», recuerda su profesor de toda la vida desde su casa. Allí corretea su nieto por un salón inundado de superhéroes de plástico, scalextric y camiones a los que el niño no hace ni caso. Sí juega con una cocina que le ha traído Papá Noel.

El maestro nos enseña el registro escolar del colegio adonde acudieron Rosario y hermana gemela V., nos narra esos tiempos en los que llegó a tener a 105 alumnos en clase y los momentos en los que tenía que sacar a pasear esa vara con la que nunca pudo azotar el trasero del Chicle. Este profesor de intacta memoria nos cuenta que las dos gemelas se criaron junto a sus padres y sus tres hermanos en un cobertizo que localizamos en una montaña cercana a Catoira. Una maltrecha construcción de ladrillo, con un huerto pelado donde ahora hay un utilitario destartalado, un viejo tractor y dos pastores alemanes.

Allí jugaban al pilla-pilla Rosario y V. Siempre fueron uña y carne. Inseparables desde su nacimiento. Compartían secretos, lágrimas, alegrías. Eran las mejores amigas. Hasta que el Chicle y su insaciable apetito sexual las separaría una mañana de 2005. Aquel triste día, José Enrique llamó a la hermana gemela para quedar con ella. La intención del Chicle parecía sana. Incluso solidaria. Le quería dar para sus suegros una suma de dinero que había ganado con sus trapicheos de drogas. Un gesto de un alma aparentemente caritativa, pero que encerraba un demonio sin escrúpulos en su interior.

“Ella nos pidió una segunda oportunidad para él”, manifiesta sobre Rosario la hermana mayor de la mujer de ‘El Chicle’

Lo liberó cuando fue al encuentro de V. en su coche. Porque no sacó la cartera, sino un cuchillo que le puso en el cuello a su cuñada para que subiera al vehículo. Le quitó el móvil y arrancó a toda velocidad. No dejó de pisar el acelerador sin importarle los gritos desesperados de la chica. José Enrique aparcó en un descampado próximo a Boiro (A Coruña) y a plena luz del día cometió su tropelía. La penetró, según denunció ella. La joven de 17 años llegó a su domicilio tiritando. No se podía creer que la persona con la que su hermana se había casado un año antes hubiese abusado vilmente de ella. Sin piedad. A cara descubierta.

V. decidió denunciar aquella agresión sexual con el cuerpo aún temblando. No sólo llevaba encima el drama de haber sido forzada a mantener relaciones sexuales. También cargaba la losa de que el autor material de aquella barbaridad era el marido de la persona a la que más adoraba. La persona con la que escribía su escueta carta a los Reyes Magos. Su hermana Rosario, que llegó al mundo el mismo día que ella.

Después de la denuncia, el Chicle no tardó en ser detenido por la Guardia Civil. Pasó varios meses en prisión preventiva, pero consiguió buscarse una coartada antes de la celebración del juicio en Noia (A Coruña). Pudo convencer a varios conocidos para que declarasen que en el momento de la agresión él se encontraba cerca de un banco de Boiro. Les dijo que todo había sido fruto de la invención de V. porque sentía celos de su hermana.

También llegó a hacer una reconstrucción ante notario de su supuesta actividad esa mañana para dejar en evidencia a su víctima, que andaba hundida. V. nunca retiró la denuncia y se ratificó en ella. Sin embargo, tras un proceso judicial de seis meses, el juez, a petición de la Fiscalía, decidió archivar provisionalmente el caso «ante la falta de pruebas», según fuentes judiciales.

En la Benemérita dan hoy total credibilidad al testimonio de la chica. «Policialmente tenemos claro que sí lo hizo y que el juez no pudo acreditarlo porque él se buscó una coartada. El modus operandi fue el mismo que empleó el 25 de diciembre cuando intentó llevarse, a punta de cuchillo y quitándole el teléfono, a una joven en Boiro», comentan desde la Guardia Civil refiriéndose al último intento de agresión sexual del Chicle, el que precipitaría su detención el 29 de diciembre. Sólo hubo una diferencia: a su cuñada no la metió en el maletero.

Años después de que las hermanas se separasen por culpa de ‘el Chile’, ambas hicieron las paces.

Aquella historia de la violación a la hermana gemela de su mujer corrió como la pólvora en la zona. «¿Te has enterado de que el Chikilín (su otro apodo es el Dientes) se ha tirado a su cuñada?», murmuraban por las tabernas. La ausencia de una condena contra José Enrique hizo que aquel acto salvaje quedara como un rumor. Tampoco la familia de Rosario y V. quiso alimentar el asunto por temor a las represalias de Os Fanchos. No fue el caso del Chicle, que sacó pecho de su victoria judicial. Aquel episodio siempre persiguió a V. en Catoira. Se convirtió en la comidilla de los bares. En esas barras dominadas por los grifos de Estrella Galicia tuvo que escuchar frases perversas que le fueron minando por dentro. Hasta el punto de recluirse en su domicilio para dejar de sufrir. Nadie salió a defenderla.

«En aquel momento se dijo de todo. Que si había sido violada, que si ella había consentido aquella relación, que si se había inventado la denuncia porque quería estar con el Chicle, que si el Chicle le había dicho a su mujer que iba bebido y que se había equivocado por su parecido físico… No se hablaba de otra cosa en el pueblo, pero era un rumor de barra de bar, pues la familia nunca confirmó que aquello hubiera ocurrido de verdad. Ahora, con esto de Diana, nos hemos enterado todos de que aquello sí pasó y ni siquiera la pareja de ella sabía nada. Se ha enterado por la prensa», dice un vecino de Catoira. Todos aquellos malignos comentarios llevaron a la cuñada del Chicle, su primera víctima de agresión sexual conocida, a poner tierra de por medio. A salir del avispero en el que se había convertido para ella Catoira.

El Chicle quedó libre y volvería a ponerse al servicio de Os Fanchos para distribuir cocaína o «metros de arena para obras», como llamaba en clave esta banda de delincuentes a la sustancia estupefaciente. José Enrique salió reforzado del proceso judicial y de su paso por prisión. Se empezó a creer por encima del bien y del mal. A sentirse impune. Intocable. Perdió el miedo a todo. Y por donde pasaba se dejaba notar con un carácter violento y desafiante. Mientras tanto, su cuñada vivía un vía crucis. Sin el apoyo de su hermana gemela, que estaba tan dominada por ‘el Chicle’ que se creyó su versión. Ahora, Rosario se arrepiente de no haberla apoyado en aquel trance, según su entorno.

La aparición en la prensa de aquella espeluznante experiencia a raíz de los antecedentes del Chicle le ha hecho revivir la pesadilla a V. Lejos de salir a reivindicar que aquello ocurrió, ha preferido permanecer callada en el municipio gallego donde vive en el más absoluto anonimato. Está rota. Ha interrumpido su humilde trabajo en una fábrica de conservas. Ha tenido que soportar ver cómo se han publicado informaciones falsas, como que ella retiró la denuncia por la presión de su familia. Así lo aclara Elena, su hermana mayor, con quien Crónica se reúne en Catoira en un sitio resguardado del aguacero mediático que ha convertido su vida en una especie de show de Truman.

Elena, que trabaja también en una conservera, está «indignada» con la versión que se ha publicado sobre la falta de apoyo familiar que tuvo su hermana cuando fue violada. «Es falso que no la apoyáramos. Todos en mi familia estamos convencidos de que la violó. Sólo se creyó la versión de él mi hermana Rosario. Lo pasamos muy mal. Nosotros fuimos los primeros que le dijimos que denunciase, pero el juicio quedó en nada por falta de pruebas. Ahora mi hermana está reviviendo su drama. Está destrozada y ha pedido vacaciones en su trabajo», comenta.

-Pero a tenor de las fotos que ha ido subiendo el Chicle a Facebook parece que él volvió a ser aceptado en tu familia tras la violación… -le preguntamos.

-Sé que es difícil de entender, pero hay que verse en una situación así para comprenderlo. Estuvimos tres años sin hablarnos ni con él ni con nuestra hermana. Rosario nos pidió que le diésemos una segunda oportunidad y V. hizo las paces con ella. Poco a poco lo volvió a meter en familia, pero ni mi hermana ni nosotros le hemos perdonado aquello. Es una cosa que nunca se puede perdonar. En los últimos años tuvimos un mejor trato con él, nunca más hablamos de ese tema, pero ahora nos arrepentimos de haberle dado esa segunda oportunidad. Mira para qué ha servido, para jodernos la vida otra vez.

-¿Pero qué le atrajo a su hermana?

-No sé. Él nunca nos gustó, sabíamos que andaba en drogas, pero mi hermana estaba enamorada de él. Era un amor ciego.

-¿Y su padre no le dijo nada al Chicle después de la violación?

-No. Tiene un corazón de pan y él había sido absuelto. No había pruebas contra él para decirle nada.

Una vez reintegrado en su familia política, el Chicle tuvo la habilidad de convertirse en uno de los referentes. En un líder. Se los volvió a meter en el bolsillo. Hasta el punto de que fue padrino de la hija de Elena en 2013. Se convirtió en el hombre que inmortalizaba todos los momentos en familia. Con su palo selfiea cuestas. Incluso posaba orgulloso con su familia política cuando ya había escondido el cuerpo desnudo de Diana en un almacén cercano a la casa de sus padres. Era tal su poder de convicción que, además de a su mujer Rosario, logró convencer a Elena y a su marido de que le brindasen una coartada para no ser detenido por la desaparición de Diana, en la que, según él, no había tenido que ver.

Elena y su pareja estaban en la casa de el Chicle en Taragoña cuando él marchó para A Pobra. Allí se cruzaría desgraciadamente con una joven «morena» llamada Diana Quer. Era el 22 de agosto de 2016 y Elena recrea la noche de autos. «Nos estábamos quedando en su casa porque le estábamos ayudando a pintarla [ahora está llena de pintadas de «asesino» en referencia al Chicle y «cómplice» en alusión a su mujer]. Rosario y nosotros estábamos dormidos cuando él se marchó. Yo no sé ni dónde se fue». Sin embargo, Elena contó en su declaración ante los agentes de la UCO una versión distinta.

-¿Por qué decidieron ayudarle?

-A finales de 2016, el Chicle nos pidió que dijéramos que había salido con Rosario a robar gasolina a A Pobra y que si no lo hacíamos le iban a convertir en el principal sospechoso del tema de Diana Quer porque tenía antecedentes. Le ayudamos con esa mentira piadosa, pero no pensábamos que la hubiese matado. No le habíamos notado un comportamiento extraño. Ahora nos arrepentimos, y queremos que pague por lo que ha hecho y que no se vuelva a meter en nuestra vida.

El Chicle pudo engañar a sus familiares porque llevaba una vida «normal». E incluso cuando hablaban de Diana Quer en la televisión arremetía contra el «malnacido» que se la había llevado. Eso sí, a algún amigo le dijo que sabía dónde estaba el cuerpo de Diana, pero como era un mentiroso nadie le creyó.

Elena lleva desde la detención del Chicle sin «dormir». Se siente una «víctima» más de él. De aquel engaño que le ha hecho tener que declarar este viernes en el juzgado de Ribeira en calidad de testigo y asegurar que mintió para ayudar al Chicle sin saber que estaba implicado en la muerte de Diana. «Si lo llegamos a saber jamás lo habríamos hecho», confiesa Elena, que ahora vive pendiente de la niña del delincuente. «Ella está enterada de todo y queremos que no le afecte, pero es imposible», dice. También le preocupa Rosario, que a pesar de haber sido clave al desmontar la coartada de su marido provocando su confesión, sigue como investigada por su presunta participación en el crimen. Elena la considera una víctima también. Como a los padres del Chicle, a quienes localizamos en Asados.

La madre de José Enrique Abuín nos dice: «Lo estoy pasando fatal. Tengo el corazón negro. Por la virgen del Carmen, necesito que me dejen paz. Esa persona de la que me habla ya no es mi hijo», afirma la progenitora, quien lleva, según sus vecinos, una vida entera soportando una «cruz». Esos registros intempestivos de la Guardia Civil en busca de los alijos de cocaína que guardaba el Chicle en casa de sus padres cuando actuaba de correa de Os Fanchos. Allí los agentes de la Benemérita le interceptaron en 2007 19 kilos de fariña, más un kilo y medio que llevaba en su vehículo. Le condenarían a dos años y seis meses, una pena que apenas cumplió porque decidió cantar contra su tío, el cabecilla de Os Fanchos, que, dicen en Asados, prepara «una venganza» para cuando salga de prisión contra el traidor a quien alguien quemó hace cuatro años su coche. En su pueblo afirman que está más seguro entre rejas.

En la zona también hay ciudadanos de a pie que le «quieren matar». «Espero que salga pronto para que podamos colgarlo de un árbol. Hay que vengar la muerte de Diana Quer y la violación a su cuñada», nos aseguran en la puerta del almacén abandonado donde fue encontrado el cuerpo de la joven el 31 de diciembre. Allí donde se paseaba tranquilamente el Chicle para cerciorarse de que su secreto estaba a salvo. Con la misma frialdad con la que se hacía selfies en aquella terraza de Catoira con la cuñada a la que violó.