¡Giro inesperado! El asesino de Laia dice que no estaba solo

Todo indica que Juan López secuestró a su vecina Laia, la asesinó y la ocultó en el colchón. Pero él asegura que alguien más lo hizo. Su declaración ante la jueza da un giro inesperado.

Desde que ingresó en prisión, el jueves pasado a última hora de la noche, Juan Francisco López Ortiz, de 42 años, cuenta que el lunes por la tarde “había alguien más” en la casa de sus padres, el piso de Vilanova i la Geltrú en el que fue raptada, vejada y asesinada Laia, de 13 años. En su declaración ante la jueza, de tres horas y en la que el acusado sólo respondió a las preguntas de su letrada, aseguró que había perdido un juego de llaves, que hacía días que notaba que faltaban cosas en la vivienda y que mientras se estaba duchando “escuché un portazo”.

Es esta una débil línea de defensa en la que el hombre sigue agarrado, ahora desde su celda del módulo de psiquiatría de la prisión de Can Brians, en la que permanece aislado y completamente controlado por funcionarios las 24 horas del día. El hombre sólo repite ansioso “no he podido ser yo, no he podido ser yo”.

Aseguró que había perdido un juego de llaves, que hacía días que notaba que faltaban cosas en la vivienda y que mientras se estaba duchando “escuché un portazo”

Los casi 70 indicios que la policía científica de los Mossos d’Esquadra encontró en aquella vivienda dicen todo lo contrario. Los investigadores no han hallado ni una sola evidencia de que otra persona, como sostiene el acusado, entrara aquel día a la vivienda de los padres de Juan Francisco López. El hombre contó en su declaración, a la que ha tenido acceso este diario, como el lunes por la mañana desayunó con su padre, Antonio, y con su hermana, “un bocadillo”. Reconoció que desde que llegó de China, alertado por la grave enfermedad de su madre, se encontraba “muy nervioso y angustiado”. Que precisamente China le había servido para “escapar” de las drogas y el alcohol, y que al volver, no hacía ni dos semanas, había vuelto a recaer, “por mi preocupación por la enfermedad de mi madre”.

Ese lunes, su padre y su hermana salieron temprano de la casa y se acercaron a una sucursal bancaria del barrio. La fatalidad de la vida hizo que precisamente hablaran con la madre de Laia. El hombre y su hija solventaron unas gestiones con la cartilla de ahorros de Isabel, la mujer hospitalizada desde hacía días y que moriría horas después del crimen, y preguntaron a la directora de la oficina si les podía atender para hablar de un crédito. Como el banco estaba ese lunes por la mañana con mucha gente, la madre de Laia les pidió que volvieran otro día que ya les atendería con más calma.

Juan Francisco López estuvo sólo durante siete horas, antes de cruzarse con Laia. Esa mañana, según su declaración, hizo hasta cuatro visitas a un bar de la localidad en el que trafican con drogas. En cada uno de los viajes compró cocaína y después estuvo bebiendo cervezas en varios establecimientos de la localidad, de los que incluso dio el nombre.

El hombre insiste en que “debió de ser otra persona la que entró en la vivienda”

A las cinco de la tarde, cuando Laia llegaba a casa de sus abuelos, Juan Francisco López la vio, porque estaba en ese momento sentado en un frankfurt que hay justo enfrente del edificio y varios testigos contaron que no quitaba ojo de la portería. Por tanto, vio llegar a la pequeña con sus abuelos. También debía saber, porque era una rutina de la familia, que el padre recogía a la niña sobre las cinco y media. Regresó a su casa y esperó a que Laia saliera de casa de sus abuelos, que residen en el piso superior. Al pasar por en frente de su puerta logró que la niña se metiera en su casa.

Los investigadores sospechan que debió engañarla, porque nadie en la escalera escuchó ningún ruido. También están seguros de que el individuo había generado una especie de obsesión con China y todo lo que rodeaba aquel país que condicionó la elección de la víctima.

En cualquier caso, pese a sus intentos de asegurar que no se acordaba de nada, y que se veía incapaz de haber hecho una atrocidad como la que le describieron haber encontrado en el escenario del crimen, el hombre insistió en que “debió de ser otra persona la que entró en la vivienda”. Y añadió incluso que “en mi sano juicio no haría nada similar. Pero si lo he hecho, no me lo perdonaré nunca”.

En esa declaración, inconexa, llena de contradicciones y complicada porque su letrada pidió que antes fuera examinado por un psiquiatra forense para determinar que podía ser interrogado, el hombre reconoció que hace unos 10 años, cuando se separó de su mujer, tuvo brotes agresivos y se refugió en la droga. Que su marcha a China le sirvió para alejarse de todo eso, pero que “nunca pensé que sería un problema, porque nunca he hecho daño a nadie”. Aseguró que no toma ningún tipo de medicación y se prestó a que se le tomaran todo tipo de muestras para realizar las oportunas pruebas de toxicología y ADN. El martes recibirá en Can Brians la primera visita de sus abogados. En todas sus llamadas telefónicas pide dinero para poder comprar tabaco. Sólo hace que fumar y reiterar que él no ha podido ser

Fuente EP Mundo La Vanguardia
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