La desgarradora historia de una joven que estuvo detenida en El Helicoide

Una joven zuliana de 22 años, de quien se reserva su nombre por seguridad, denunció los abusos que sufrió en los calabozos del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebín) de El Helicoide, donde estuvo detenida casi dos meses junto a otras mujeres por protestar en contra del gobierno de Nicolás Maduro.

La organización no gubernamental Proiuris publicó el relato de la venezolana, quien aseguró que su trabajo era “dibujar sonrisas en las caras de los niños enfermos porque me incorporé a la labor maravillosa que realiza la Fundación Doctor Yaso”.

En el relato, comenta cómo fue el día en el que “hombres” de negro la atraparon y cómo fueron todos los días que le tocó vivir bajo el encierro de la policía política.

A continuación el relato de la joven reseñado por la organización:

Sí, se puede decir que era feliz, pero todo cambió el 6 de mayo de 2017.

Fue uno de los días más largos de mi vida. Había una marcha de mujeres. Llegamos al punto de concentración en la autopista Francisco Fajardo, pero después que llegamos mis compañeros dijeron que no siguiéramos. Nos habíamos enterado de que habían detenido a una compañera y teníamos miedo.

A las 4:00 de la tarde nos dirigimos hacia Bello Campo. En el camino veíamos como la gente corría y corría, iban de un lado a otro y no sabíamos por qué. Nos paramos en una esquina y en eso llegó una camioneta negra y así, sin más, comenzaron a salir hombres vestidos de negro. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, diez, quince… muchos. Eran muchos.

No me di ni cuenta cuando ya uno de ellos me agarró. Pude soltarme y salí corriendo. Ni miré para atrás. Escuchaba a mis compañeros gritando: “¡Se llevaron a Carlos, se llevaron a Carlos!”. A Carlos y su celular. A Carlos y a todos nuestros números de teléfono.

Me encontré con varios más adelante. Uno de los amigos del grupo nos ofreció llevarnos a su casa en El Junquito donde nos refugiaría. Nunca llegamos. A las 7:00 de la noche, cuando íbamos a la altura de La Yaguara, una comisión de funcionarios armados y encapuchados nos interceptó.

Iban en tres camionetas: una hilux, una ford runner y una machito. Varios se bajaron de la machito y comenzaron a decir que nosotros los íbamos a robar y sin mediar, a mis tres compañeros, a la novia de uno de ellos y a mí, nos metieron en una de las camionetas.

No nos dieron ninguna explicación y nos llevaron hasta el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) en Plaza Venezuela. Cuando llegamos vimos a Carlos. Estaba encapuchado pero era él, tenía su ropa, lo reconocimos. Le dijeron a uno de los muchachos que se quedara al lado de Carlos. A los otros cuatro nos llevaron a una oficina.

No transcurrió mucho tiempo. Comenzaron los interrogatorios. Asumí que buscaban a Gerardo, un activista de los derechos humanos que estuvo detenido en El Helicoide. Todas las preguntas tenían que ver con él. Yo lo había visto pero no tenía ninguna relación con él, ni siquiera lo llegué a tratar.

La primera noche

A las 10:00 de la noche nos trasladaron hasta otra sede del Sebín que queda cerca del Teleférico de Caracas. También trasladaron a Carlos. Una vez allí nos dividieron: a la muchacha y a mí nos metieron en una oficina y a los hombres en un calabozo. Nos interrogaron hasta las 4:00 de la mañana.

Me preguntaban por activistas “reincidentes”, que habían estado detenidos en el 2014 y participaban en las marchas de 2017. Si no les respondía golpeaban a los muchachos. Escuchaba sus gritos. Yo lo que hacía era llorar. Creía que llorando los aturdía y no me harían preguntas. Pero cuando me calmaba comenzaban otra vez. Había una sola femenina. Me miraba con desprecio.

“No quiero estar cerca de ustedes malditos guarimberos” me decía.

Entraban y salían funcionarios del Sebín, y continuaban los insultos. Había un funcionario que era más agresivo conmigo. Además no dejaba de verme.

La chica y yo dormimos en el piso, esposadas, en la misma oficina donde también estaba el funcionario del Sebín que no dejaba de mirarme. Hacía un frío espeluznante. No había agua, ni baño, ni comida, ni sabanas, ni nada.

Esa noche me vino la menstruación. Pedí que me dejaran ir a un baño o a algún sitio donde pudiera cambiarme, pero no, no me lo permitieron. Sentía el calor del líquido que me bajaba por las piernas. Bajé la cabeza y miré la sangre. No me dejaron ir a cambiarme, ni a orinar. Tuve que aguantar las ganas hasta el siguiente día que llegó uno de los jefes del Sebin y me quitó las esposas para que fuera a orinar. Fui al baño y no había papel. Al regresar al sitio donde pasamos la primera noche me volvieron a esposar.

El Sebín que no dejaba de mirarme fue el encargado de vigilarnos. Fue una noche eterna. No me quitaba los ojos de encima. Masticaba y masticaba algo negro que olía fuerte y sus dientes estaban manchados. Creo que era chimó. Me hablaba feo. Insistía en que yo sí sabía dónde estaban Gerardo, mamá Lis y otros: “¡Tú si sabes de toda esta gente de quién te estoy hablando chica. Dime dónde están te digo!”. Era un hombre repugnante, de tez oscura, fornido. Disfrutaba burlarse de mí. Me decía la chilindrina porque yo no dejaba de llorar.

El abuso sexual

Al día siguiente sacaron a la otra muchacha que estaba detenida conmigo para interrogarla en otro sitio y me quedé sola con él. Sentí miedo. Un miedo que en pocos segundo se convirtió en terror cuando comenzó a tocarme los senos. Pero me contuve y me que quedé paralizada, además qué podía hacer si seguía esposada. Le dije: “Hagas lo que hagas no te voy a decir nada, porque no sé nada”.

Eso lo enfureció:

“¿Tú crees que yo soy pendejo? Sé dónde estaban ustedes. Los tenían escondidos en una azotea. Nosotros los vigilamos desde el edificio del hotel Chacao Suites, ya los teníamos vigilados, incluso había unos motorizados que fueron los que los sacaron del edificio”, me dijo. Sabía todo.

Siguió tocándome. Me empezó a tocar abajo. Yo temblaba, pero al mismo estaba paralizada. Él, en cambio, estaba exaltado. Recuerdo que le dije: “Ojalá Dios tenga clemencia de ti”. Pensé que iba a violarme. Yo lo único que hacía era llamar mentalmente a mi papá.

Los nudillos de otro Sebin me salvaron. Él seguía tocándome cuando se escuchó “Tun,tun,tun” y el funcionario entró. Estaba vestido con una franela blanca y unos jeans como si fuera manifestante más, pero era un Sebin. Inmediatamente el hombre repugnante que estaba abusando de mí dejó de tocarme. No sé si el otro funcionario se dio cuenta de lo que pasaba, pero me vio y me hizo un gesto de que me quedara callada. Así me quedé.

Preferí no decir nada porque todos los muchachos que detuvieron conmigo estaban heridos por los perdigones y bombas lacrimógenas que le lanzaron los militares en una marcha de hace dos días. Además ya los habían golpeado suficiente, si hablaba los iba a perjudicar más. Entonces dije o me aguanto o me aguanto.

Fuente EP Mundo El Cooperante
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