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Jul

La trágica historia del entrenador de los 12 niños atrapados

Actualizado: 10/07/2018 10:35

Ekapol Chanthawong es el joven asistente que estaba a cargo de los doce niños atrapados en una cueva al norte de Tailandia desde el 23 de Junio, y quien desde entonces ha estado cuidando a los niños por su propia cuenta en tan terribles circunstancias.

La mañana del pasado 23 de junio, Nopparat Khanthavong, el director técnico de 37 años del equipo de fútbol Moo Pa (Jabalíes), tenía una cita. Ekapol Chanthawong, su asistente, iba a llevar a los chicos a una cancha de fútbol enclavada junto a la cadena montañosa Doi Nang Non, una formación con varios saltos de agua y cuevas que se extiende en la frontera entre Tailandia y Myanmar.

“Cuando salgan a recorrer el lugar, asegúrate de andar en bicicleta detrás de ellos, para poder seguirlos con la mirada”, le escribió Nopparat en un mensaje por Facebook que compartió con el diario The Washington Post.

Ekapol es el entrenador del equipo de chicos, así que Nopparat le sugirió ir con algunos jóvenes del equipo de mayores para ayudarlo a vigilar. La atención se concentró en el único adulto, el ex monje novicio Ekapol, de 25 años, y en el rol que jugó tanto en esa situación difícil como en su supervivencia.

La mañana de hoy martes 10 de junio todos los que se encontraban en la cueva fueron rescatados, pero algunos criticaron a Ekapol por haber llevado al equipo a la cueva. Alegan que un gran cartel en la entrada advierte sobre el riesgo de ingresar en la cueva en esta época cercana a la temporada de lluvias, y concluyen que Ekapol debería haberlo sabido.

Pero para muchas personas de Tailandia, Ekapol, que abandonó su vida monástica hace tres años y poco tiempo después se incorporó a los Jabalíes como asistente del cuerpo técnico, es casi una fuerza divina enviada para proteger a los chicos mientras atraviesan el calvario que les toca vivir.

En una ilustración que se viralizó, puede verse a Ekapol sentado en la posición de loto, como hacen los monjes en meditación, con 12 pequeños jabalíes en sus brazos.

Según los oficiales del rescate, Ekapol es uno de los más débiles del grupo, en parte porque en los primeros días les dio a los chicos la ración de comida y de agua que llevaba consigo. También les enseñó a los chicos a meditar y a conservar la mayor cantidad de energía hasta que los encontrasen.

“Si Ekapol no hubiera ido con ellos, ¿qué le habría pasado a mi hijo?”, dijo en una entrevista con un canal de televisión tailandés la madre de Pornchai Khamluang, uno de los chicos de la cueva.

“Cuando salga, tendremos que ayudarlo a sanar su corazón. Querido Ek, yo nunca te culparía”, dijo la mujer.

Según sus amigos, Ekapol es un huérfano que perdió a sus padres cuando tenía 10 años. Después se inició para ser monje, pero dejó el monasterio para cuidar a su abuela enferma en Mae Sai, al norte de Tailandia. Allí dividió su tiempo trabajando como asistente en el templo del monasterio y entrenando al equipo Moo Pa, que había sido recientemente conformado. Ekapol logró construir una fuerte afinidad con los chicos, muchos de los cuales nacieron pobres o pertenecen a minorías étnicas sin Estado, frecuentes en esa zona fronteriza entre Myanmar y Tailandia.

Dedicación

“Los amaba más que a sí mismo”, dice Joy Khampai, un amigo de larga data de Ekapol que trabaja en un stand de café en el monasterio de Mae Sai. “No toma, no fuma. Es una persona que se cuida y que les enseña a los chicos a hacer lo mismo.”

Ekapol ayudó a Nopparat, el director técnico, a diseñar un sistema en el que la pasión de los chicos por el fútbol pudiese motivarlos a destacarse académicamente. Si obtenían ciertas notas en la escuela, obtendrían como recompensa objetos relacionados con el fútbol, como tapones nuevos para sus botines o un pantalón corto nuevo.

Ambos pasaron mucho tiempo buscando patrocinadores y utilizaron al equipo Moo Pa para demostrarles a los chicos que podían convertirse en algo más que lo que podría esperarse de su pequeña ciudad, y que incluso algún día podrían llegar a ser deportistas profesionales.

Según profesores de educación física de la escuela donde entrenaban, Ekapol también obligó a los chicos a seguir un estricto programa de entrenamiento que incluía andar en bicicleta por las colinas que rodean Mae Sai.

Ese sábado de hace dos semanas, Nopparat no sabía adónde iría Ekapol con el equipo de fútbol, pero pensó que dejarlo liderar solo a los chicos sería todo un aprendizaje para el ex monje.

Como el equipo de mayores de los Jabalíes tenía un partido esa noche, Nopparat no estuvo pendiente de su teléfono celular. Recién lo utilizó a las 7 de la tarde, y descubrió que tenía al menos 20 llamadas de los padres, que estaban preocupados porque los chicos no habían regresado a sus casas. Entonces llamó desesperadamente a Ekapol y a varios de los chicos, pero solo pudo hablar con Songpol Kanthawong, uno de los jugadores, de 13 años, cuya madre lo había ido a buscar después del entrenamiento.

El chico le dijo a Nopparat que el equipo se había ido a explorar las cuevas de Tham Luang. El entrenador fue hasta allí enseguida, y solo encontró bicicletas y mochilas abandonadas en la entrada, y vio que el agua se filtraba por el camino enlodado.

“Grité ‘¡Ek! ¡Ek! ¡Ek!'”, dice Nopparat. “Se me congeló todo el cuerpo.”

A través de cartas y de una comunicación restringida entre el entrenador, el equipo y los rescatistas que estuvieron con ellos en una pequeña cámara de la cueva, lentamente empezó a circular información sobre el suplicio de nueve días de los chicos, hasta que finalmente fueron ubicados la noche del lunes.

Mientras tanto, los amigos de Ekapol empezaron a angustiarse. El entrenador tenía la confianza total de los chicos, y era poco probable que se hubiesen adentrado a explorar las cámaras de la cueva sin él.

“Lo conozco, y sé que se va sentir culpable”, dice Joy, un amigo suyo del monasterio.

En la mañana del sábado, la Marina tailandesa publicó fotos de cartas escritas por el grupo a su familia y al mundo exterior. Ekapol, que trazó unos garabatos sobre un trozo de papel amarillento extraído de un cuaderno, fue breve, pero incluyó una promesa y una disculpa.

“Prometo darles a los chicos el mejor de los cuidados”, escribió. “Quiero agradecer por todo el apoyo, y quiero pedir disculpas.”