Saltar al contenido
16
Abr

El reflexivo encanto de Fabiana Rosales ; Por Gustavo Tovar-Arroyo

No la conocía. He sido forzado a vivir en el exilio desde 2012, no pude asistir a su boda ni he tenido posibilidad alguna de convivir con ellos estos años. Fue en Cúcuta donde conversamos por primera vez. Pese a la tensión que se vivía en la frontera por el intento de ingresar la ayuda humanitaria fue muy afectuosa. Me asombró su amabilidad.

Entre sobresaltos y trances, comí con ella y el presidente Juan Guaidó un almuerzo apresurado. Noté una especial camaradería entre ellos, me di cuenta al instante: son dos grandes amigos profundamente enamorados.

El amor y la política, las grandes pasiones de la vida.

El poeta y el presidente

No me acostumbraba a llamar “presidente” a Juan, tenía tanto tiempo sin verlo que me resultaba poco fraterno y distante hacerlo. Quizá el exilio me distrae de formalismos o quizá es extraño para mí –después de tanta desgarradura y adversidad– ser formal con un hermano de lucha y resistencia, de ideales y sueños; con un hermano a secas.

Hemos sudado, padecido y obrado tanto durante estos años que las dignidades entre nosotros se desvanecen. Él, empero, me llama “poeta”, siempre ha sido así.

Yo ahora me hincho de admiración cuando le digo “presidente”.

“¿No conocías a Fabiana?”

Mi primera impresión cuando el presidente Guaidó me presentó a su esposa, la primera dama Fabiana Rosales, fue lo bella y amable que es; la segunda, que ocurrió de inmediato, fue su lucidez y fina inteligencia. Cada intervención, cada comentario, cada recomendación que hacía era a un tiempo sensible y profunda, no hay espacio para trivialidades en ella.

En ese momento entendí la extraordinaria metamorfosis personal del otrora “Juan” al ahora “presidente Guaidó”, era ella, su matrimonio, su seguramente desafiante y enriquecedor amor. Ella es su fortaleza e inspiración, su manantial y su orilla, el secreto de su coraje.

Sonreí en silencio, Venezuela cambia.

El reflexivo encanto de Fabiana

Acabo de estar en Washington DC, ahí acompañé a Carlos Vecchio el día que el presidente Trump lo acreditó como embajador de Venezuela en Estados Unidos. Éxito que hoy consolida nuestro indetenible avance diplomático. No hubo celebración, Vecchio y yo no celebramos, ideamos, planificamos, pero no celebramos, mientras no cese la usurpación no hay nada que celebrar. Hablamos mucho y confirmé lo que escuché en todas partes durante el día.

En Washington, tanto en la Casa Blanca, el Congreso, los medios de comunicación, por doquier, la presencia de la primera dama Fabiana Rosales causó una inmejorable impresión. Muchas cosas cambiaron positivamente para Venezuela después de su visita. Muchísimas.

Su reflexivo encanto conmocionó a Estados Unidos.

Amar es un acto de rebeldía

Con Fabiana y Juan descubrí que además de sonreír, en la devastada Venezuela del odio chavista, amar también es una forma de rebelarse a la tiranía. Supe…, sé, que ahora sí el cambio es infalible, volvemos a ser una nación de valores, de sentimientos genuinos y nobles, de generosidad, de principios. Una nación que se enamora con transparencia y se enaltece a sí misma honrando al núcleo de la sociedad: la familia. Una nación más humana, más libre.

Después de la depravación chavista, de su cinismo y perversión, ver que el nuevo liderazgo venezolano no solo es político y social, sino además cultural y espiritual es reivindicador y reconfortante. El país cambia, la política cambia.

Una mejor Venezuela nace.

La primera dama

Juan Guaidó, el presidente de la República, es un mejor ser humano porque está casado con una excepcional mujer, porque es padre, pero especialmente porque ama. Su fortaleza espiritual y su coraje no son de él, provienen de la hermosa familia que ha formado junto a Fabiana, la primera dama. No es una cursilería lo que escribo, es una realidad social que pronto será una evidencia cultural.

Venezuela hoy es mejor por Juan Guaidó y su incansable lucha de años, pero es muchísimo mejor por Fabiana, por su sensibilidad, su lucidez, su fina inteligencia y su reflexivo encanto.

Venezuela es mejor porque, al fin, tiene una digna primera dama…