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Ene

¿Y cuándo es que nos temblará la conciencia? ; por Gianni Mastrangioli

Actualizado: 01/01/2019 8:25

“Parecía que la ciudad se hubiera convertido en una matraca y la sacudiera un hombre robusto con toda la fuerza de su brazo y con movimientos isócronos”, dijo alguien.

Pero este alguien, aunque nos suena como los estados de Facebook recientes, es “el Duque de Gamboa”, quien escribiría una reseña para el diario El Tiempo acerca del sismo “de San Narciso”, del 29 de octubre de 1900.

MUJERES CUBIERTAS EN SÁBANAS, GENTE DANDO VUELAS POR LOS DORMITORIOS EN BUSCA DE LA SALIDA.

Este Duque, cual habitante de la Caracas contemporánea, relata el pánico generalizado por la ocurrencia de este temblor del entresiglo, similar a las quejas matutinas de las últimas horas: gente apostada en las calles y plazas públicas, destacándose “brumosamente la oscuridad de la madrugada sombría, evocados por la trompeta apocalíptica”.

Terremotos, golpean de repente y sin aviso. Toda sentencia de estabilidad es puesta en duda durante su ocurrencia, ya que fenómenos de este calibre no solo sacuden nuestras estructuras materiales, sino también los cimientos mismos de nuestra existencia como sociedad e individuos.

Cada estremecimiento, sea de minutos o segundos, parece eterno ante los sentidos de aquellos que lo experimentan. Sin embargo, lo que llama la atención es la imposibilidad, extendida en el tiempo, de reconocernos como país sísmico; los temblores continúan sorprendiéndonos a duermevela.

En vez de ser interpretados como consecuencias de la dinámica geológica del territorio, son tomados como procuradores del castigo, avisadores de la desgracia acontecida. El puño del destino que nos zarandea con la matraca de la crisis, en un proceso que se repite para recordarnos que las tragedias son producto de nuestras malas acciones.

Miedo por la vida. Redención. Cuestionamiento de la realidad. Los terremotos, catalizadores de la imaginación, nos develan problemáticas sociales que, de otra forma, quizás, no hubiesen sido posibles de identificar.

Venezuela es una nación de amenaza sísmica que registra más de 130 terremotos importantes a lo largo de su historia.

Tras los daños 29 de octubre de 1900, por ejemplo, se formularon planteamientos como la renovación de las prácticas de diseño urbano, o la necesidad de elaborar un código de construcción sismorresistente –denominado, para la época, “casas contra temblores”–. Lastimosamente, estos esbozos fueron olvidados con la suficiente rapidez como para pensar que, en nuestro país, las lecciones históricas de tales eventos siguen desatendidas.

Y es que la preponderancia de la política por sobre los demás aspectos del acontecer público, es siempre irrefutable: cien años atrás, la presencia imperante del caudillismo; hoy por hoy, el fracaso de una revolución que nos embate con la fuerza de su mano robusta, si usamos las metáforas del párrafo de abreboca.

Por otro lado, a la par de la política, está la sabida ineficacia de las entidades gubernamentales para enfrentar hipotéticas emergencias nacionales, es decir, del Estado torpe que no trabaja en pro de la reducción del riesgo sísmico sino de su inevitable incremento.

De 1900 al 2018, observamos océanos de claroscuros. Es la reacción que no se redefine, el estanque de una mentalidad que no parece avanzar al marco de las innovaciones tecnológicas internacionales.

En Venezuela, por motivo del contexto y de las mañas, nos auto-impedimos la formación de preguntas esenciales como: ¿por qué un sismo de estas características produce estos efectos en este momento?, ¿cómo deberían reaccionar las autoridades y sus poblaciones?, ¿las consecuencias de este sismo, contribuyeron a reconfigurar el riesgo y las vulnerabilidades asociadas?, ¿aprendimos las lecciones?, y… ¿si un sismo de tales características volviese a ocurrir, que sucedería?

PERO NADA.

Somos ciudadanos presos de la taquicardia constante, del ver que las cosas no funcionan como antes y de las fachadas que envejecen con el paso de las décadas. Todo esto, por supuesto, dispara las vulnerabilidades presentes, y con ello la prepotencia del pánico y de sus respectivas interpretaciones erróneas. Es el reino del Facebook inclemente, de la cadena alentadora de WhatsApp que predice estupideces.

Somos el pueblo del Duque de Gamboa que ahora redacta sus reseñas a la desesperación de un teclado de aplicaciones telefónicas.

Es así. Mientras no exista una modificación de fondo, en cuanto a nuestras actuales condiciones ideológicas y físicas, la matraca nos seguirá dando la vuelta, interrumpiéndonos el sueño y las opciones de convertirnos, de una buena vez, en una nación menos virtual y más empoderada de sus naturales paraderos.