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La rara galaxia de la esperanza ; Por Gustavo Tovar-Arroyo

La imperfección de nuestro tiempo

Imagino que se habrán dado cuenta de que en mis entregas por lo general se me escapa una que otra imprecisión verbal, una palabra repetida, dos artículos (uno definido y otro indefinido) acompañando al mismo sustantivo o una letra que obviamente no se corresponde con la voz que pronuncia. Me pasa mucho, lo sé; no me preocupa.

Encarno la imperfección de nuestro tiempo.

Escribir sintiendo cada letra

A veces escribo entre lágrimas, intoxicado de tristeza, casi sin aliento, sintiendo en mi agónica respiración cada letra de la palabra asfixia. En ocasiones lo hago dormido, entre el insomnio y el desvelo, recogiendo como sonámbulo ensueños, pesadillas y alguna que otra ilusión extraviada en las penumbras de mi espíritu. También he escrito –no miento– ebrio, muy ebrio, esto me sucede particularmente cuando salgo de algún maratónico encuentro con algún artista o escritor amigo (después de mi borrachera con Alfonso Cuarón y Gustavo Aceves en Pietrasanta, Italia, escribí “La lepra chavista”, cómo olvidarlo), o desde alguna cantina mexicana, como en Oaxaca o San Miguel de Allende. También he escrito agotado, después de larguísimas jornadas de activismo y trabajo “desestabilizador” contra el chavismo (pronto verán mi última laceración) o después de una kilométrica y fatigosa excursión deportiva.

Como hoy lo hago desde la isla de Hawái.

La rara galaxia de la esperanza

Desde Hawái escribo cercado en la inmensidad deslumbrante del océano Pacífico, sus mares iracundos, su oleaje que no rasca el cielo sino que lo salpica de espuma; inquieto por sus volcanes palpitantes que todavía prometen vomitar sus gargajos de lumbre; alterado por las insospechadas montañas nevadas que esparcen el horizonte de una prodigiosa blancura. En esta oportunidad escribo trasnochado, abrazado a una oscuridad oscurísima, negra, ciega, silente, oscuridad solo salpicada por un desconcertante centelleo de estrellas que de tanto brillar nos abruma y ciega. ¿Será que en los continentes los seres humanos nos hemos olvidado del cosmos y sus sublimes misterios? ¿Será que tanta desgarradura y luto ha volteado nuestra mirada hacia fosas y sepulcros y hemos perdido toda capacidad de observar esa rara galaxia que es la esperanza?

¿Estrellas? ¿Tantas? ¿Cuándo se nos traspapelaron de la mirada?

El enemigo de los espejismos

No lamento mis imperfecciones ni las esquivo, es de humanos errar y sentir, y si algo puede señalar mi trabajo en este tiempo es que siento cada una de las cosas que escribo. Vivo intensamente el cansancio –venezolano– de la época. Mis heridas –como las tuyas– hablan, están ahí, si las tocan –humano, demasiado humano– vocifero. Pese al dolor o acaso por el exceso de este, no soy enemigo de los espejismos. Un corazón que se nutre de los íntimos paisajes que ofrece la poesía jamás deja de ver y escribir sobre lo que parece indescifrable e imposible. Vemos agua donde no la hay, comida donde no la hay, medicina donde no la hay, libertad y justicia donde no las hay.

Los poetas saben que la habrá, no se equivocan.

Las palabras que se clavan

Quizá las palabras “ruina” y “devastación” sean las palabras que más haya empleado en mis entregas de los últimos 4 años. Las empleo adrede, una y otra vez, y otra vez (no es error, es insistencia) para lograr que cada vocal y cada consonante se claven como garfios en tu conciencia y se aferren a ti, clavadas, espoleándote en cada aliento, haciéndote sangrar permanentemente por la herida, para que, como en mí, nos permita permanecer alertas y luchando contra la peste chavista. ¿No somos tú y yo Venezuela? Metáforas de incendio o calcinación –sus cenizas y negrura– figuran como pocas a la devastación y la ruina.

Si decimos que Venezuela fue devastada por un incendio ideológico, todos sabemos que hablamos del chavismo.

La lava, la calcinación, la ruina y el espejismo

En Hawái, aparte de sus maravillas naturales y humanas, me ha sorprendido que es una ciudad que se ha levantado literalmente sobre la espectacular negrura de un manto de ceniza volcánica. Increíble. Difícil de explicar si no se observa o si no se ha sido víctima de una gran horror volcánico –aunque fuese ideológico como en Venezuela. Sobre las inconmensurables praderas de fuego disecado que por doquier se encuentra, cuya negrura petrificada no son metáforas sino la ruina viviente que devastó algún día estas tierras, el hombre, el soñador, el de los espejismos ha erigido una ciudad tan colorida y hermosa, como vibrante. Ni un policía he visto y la explicación no deja de sorprenderme y admirarme: “No hay policías porque cada habitante de la isla es consciente –la palabra ruina y devastación clavadas en su espíritu– que Dios nos ha dado una oportunidad y depende de nosotros, de nuestro trabajo y de nuestra entrega, el poder levantar una civilización desde las cenizas”, me dice el guía de la excursión a los volcanes y me lo repite un niño que nos acompañó en la travesía a la playa de arena verde, Papakolea.

No son espejismos de un poeta existencialista, tampoco ilusiones de un sonámbulo, quizá provenga de la rara galaxia de la esperanza, pero lo cierto es que lo vi con mis propios ojos. Es posible, claro que es posible.

Volví a ver el cielo estrellado, ha cambiado la dirección de la mirada…