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Navidad; por Luis Alberto Buttó

En las próximas horas, la tradición cristiana conmemora la navidad. Momento realmente singular donde confluyen conductas que, en la mayoría de los casos, parten del territorio de la cursilería, cruzan la frontera de lo contradictorio, y finalmente desembocan en el puerto de lo absurdo. Por ejemplo, es tiempo en que amigos de plastilina al estilo facebook, gente a la cual le importas menos que un pepino, razón por la que jamás o muy ocasionalmente te habla, inunda tu celular con mensajes enviados en masa que francamente terminan asesinándote de aburrimiento. En verdad, se arrepiente uno de haberles dado el número del teléfono. Tiempo en que corporaciones de negocios, ávidas de vaciar los bolsillos de todo incauto que se les atraviese, inundan el espacio de ondas comunicacionales con jingles y escenitas ridículamente pegajosas destinadas a hacerte creer que la vida es esa inmensa vaciedad que debe ser llenada con consumo desaforado; ése que no alcanza para comprar cariño alguno y que sólo evidencia los complejos ocultos de ostentosos desesperados por hacerse notar en medio de otros torpes igualmente ostentosos. En fin, tiempo para todo tipo de babosadas, como dirían en ciertas naciones del subcontinente.

Pero, y he aquí lo importante, lo valedero y trascendente del asunto, es tiempo también para recordar la auténtica condición humana, la que es inmoral si se agota en Nochebuena y es ética si alcanza a cubrir cada minuto de la existencia. El amor es una palabra pequeña. Se engrandece cuando se le practica por convicción y compromiso. Sin duda alguna, amar a propios y cercanos es hermoso, sólidas razones de sangre y convivencia conducen a ello. Empero, esta clase de amor es insuficiente para dignificarnos como personas en toda la extensión del sustantivo. Lo intrínsecamente humano es amar más allá de los linderos personales. Amar al desconocido, amar a aquel cuyo rostro no tiene por qué sernos familiar, amar al hermano (hijo de Dios como tú) que no es parte de nuestra cotidianidad. Hay menesterosos que esperan ser consolados por almas bondadosas, bondad que estriba en que la mano derecha no conozca lo hecho por la izquierda. Hambrientos, enfermos, solitarios, desnudos o mal vestidos, anhelan sin decirlo, que quien haya tenido mejores oportunidades que ellos acudan prestos y contentos a aliviar en poco o en mucho su desconsuelo. Y que lo hagan sin demandar reconocimiento ni agradecimiento alguno. Que lo hagan no por el egoísmo ruin que hipócritamente se camufla en la infeliz frase de que las buenas acciones se devuelven en el transcurrir de la vida. El amor sincero se entrega sin exigir nada a cambio. Si de ser cristianos se trata, Santa Teresita de Jesús lo puntualizó con claridad: la única opción válida es por los más pobres. Es improductivo maltratar las rodillas poniéndose de hinojos. La compasión es la verdadera oración.

En el caso venezolano, el tema tiene, además, otras y lastimosas connotaciones. Cientos de compatriotas permanecen tras las rejas por creer en la luminosidad de la libertad. La libertad de toda la sociedad. Al que se olvide de ellos, le queda grande la navidad. Al que negocie con su dolor y su angustia, lo cubre la infamia eterna del que evidencia impostura cuando desea feliz navidad. En todos estos años de oscuridad retrógrada, cientos de connacionales perdieron sus vidas por atreverse a soñar un país decente, donde los gobernantes sirvan a la gente, no la engañen, no la vejen, no la sometan. No honrar el sacrificio de ellos es tan despreciable como arrogárselo para granjearse inmundicias partidistas. El que así lo haga, debería ser objeto de desprecio, nadie debería brindarle de nuevo el abrazo de navidad. Todo arbolito se apaga cuando se niega la justicia.

Para los cristianos, la esperanza nació simbólicamente en Galilea. En la realidad de todos, el corazón es la única tierra fértil donde ella puede florecer.